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La polémica sobre la memoria histórica

Franco nos miraba desde el Born

RICARD FADRIQUE

Franco nos miraba desde el Born

Joan Tapia

La historia es importante y debe recordarse, pero lo que cuenta es el futuro

Reconozco que las fotografías de la escultura de Franco, a caballo pero sin cabeza, en medio de la magnífica plaza del Born me impresionaban. Era una oportuna e inteligente provocación --se ha visto que quizá excesiva-- para, como pretende el comisario de la exposición, Manuel Risques, revisar el franquismo. Aunque personalmente me inquieta menos que la estatua de Josep Viladomat --o el monumento a la victoria de Frederic Marés-- estuvieran tantos años en las calles de la Barcelona democrática que el hecho de que el general muriera en la cama tranquilamente (es un decir) tras tantos años de dictadura. 

COMO 'CELTIBERIA SHOW' 

Revisar el franquismo en el 2016 puede ser positivo, y por eso no comprendo las críticas nacionalistas a la exposición patrocinada por el ayuntamiento de Ada Colau. Sí entiendo las de la Fundación Francisco Franco, que “lamenta el bárbaro aquelarre al que han sometido a la estatua en bronce del estadista español más importante desde los Reyes Católicos, el héroe militar que en cumplimiento de su juramento defendió la nación y pueblo español dirigiendo la sublevación hasta impedir que la tiranía comunista se impusiera en España”. Me ha recordado la Celtiberia Show del añorado Luis Carandell.

Es extraño que la excitación por este tema no se circunscriba a los hiperventilados habituales y haya alcanzado al Govern

Pero volvamos a las críticas nacionalistas. Unos dicen que la exposición no podía estar en la calle porque les perturbaba. Otros, que sería comprensible en otro lugar pero nunca en el Born, que debe reservarse para la memoria histórica del 1714. Lo más extraño es que la excitación no se circunscribe a los hiperventilados habituales, sino que la propia vicepresidenta del Govern, Neus Munté, ha juzgado necesario tomar cartas en el asunto y ha sentenciado que “es un grave error el lugar escogido porque hiere el sentimiento de mucha gente y consigue que haya división donde debería haber la máxima unidad para avanzar en la reparación y restitución de la verdad”.

UN ESPACIO QUE NO ES DE NADIE

¿Dónde estamos? El Born es un espacio público, no es propiedad de nadie, y el equipo municipal minoritario de Xavier Trias privilegiaba unos usos, mientras que el también minoritario equipo municipal de Ada Colau prioriza durante unas semanas la memoria histórica del 39 sobre la de 1714. Es quizá una batalla por el dominio cultural entre dos visiones político-ideológicas. Intelectualmente algo elementalista, pero cuesta entender que se quiera convertir en un debate político relevante y que el Govern acuse al ayuntamiento de la capital de “grave error” y de crear división. Ni Catalunya ni Barcelona son propiedad de nadie --y menos de una ideología--, y los gobiernos electos gestionan bajo su leal saber y entender. De los principios inmutables del Movimiento Nacional quedamos vacunados --los que los recordamos-- hace ya muchos años.

La colaboración del ayuntamiento de Maragall y la Generalitat de Pujol dio a Barcelona un impulso de cuyas rentas todavía vivimos

Sin embargo, me preocupa todavía más que la batalla sea sobre 1714 o 1939. La historia es importante y debe ser recordada, pero lo que cuenta es el futuro. Hace 30 años había diferencias, incluso odios, entre pujolismo y maragallismo, que se enfrentaban por casi todo. Pero en 1986 --celebramos el lunes los 30 años-- cerraron filas y, apoyados por el Gobierno de Felipe González y por el presidente del COI, Juan Antonio Samaranch --antiguo alto cargo franquista cuyo nombre incomprensiblemente el ayuntamiento actual borró de una escultura--, consiguieron que Barcelona fuera sede de los Juegos del 92 y se convirtiera así en una capital mundial. El éxito de Barcelona, el Mobile World Congress y el boom turístico, que ahora conviene encauzar pero que contribuye al empleo y el nivel de vida de la ciudad, se deben a que el ayuntamiento de Maragall y la Generalitat de Pujol supieron colaborar --no sin muchas tensiones-- en un proyecto de futuro que ilusionó a casi todos los barceloneses y catalanes (no al 47,8%), que logró el apoyo del Gobierno de España, que hizo que la atención del mundo se centrara en Barcelona y de cuyas rentas todavía vivimos.

PELIGROSA TENDENCIA DOGMÁTICA

No hay que caer en aquello tan estúpido de que el pasado fue mejor, pero si MaragallPujolSamaranchSerraAbad (Josep Miquel) y Cuyàs (Romà) no hubieran sabido cooperar --pese a las diferencias políticas y las opuestas vivencias históricas--, ni Barcelona, ni Catalunya serían hoy lo que son. Polemizar sobre 1939 o 1714 no es discutir si son galgos o podencos, pero hablar de “restitución de la verdad” tiene una peligrosa tendencia dogmática. Y sobre todo no es un proyecto de futuro ilusionante capaz de generar empleo y riqueza. Así Barcelona no gana enteros en la despiadada guerra de competitividad entre las grandes ciudades en la que --gracias en gran parte al pacto del 92-- participamos. 

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