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Al contrataque

Pablo Iglesias, el pasado 7 de octubre, en un acto con representantes de los círculos de Madrid en el Cine Palafox.

JOSÉ LUIS ROCA

Izquierda federal o PP eterno

Antonio Franco

PSOE y Podemos suscriben que deben ser de izquierdas de un modo nuevo, pero ambos rezuman ideas abstractas respecto al modelo territorial

PSOE y Podemos llevan más de tres años compitiendo por el liderazgo progresista federal, pero entramos en la fase decisiva. Los dos suscriben que deben ser de izquierdas de un modo nuevo, pero ambos rezuman ideas abstractas respecto al modelo territorial. Y eso que los votantes les dan continuamente pistas, como ha pasado en Galicia y Euskadi. Les guste o no aquí rigen dos grandes principios: España será un Estado que reconozca la realidad plurinacional o no será. Y no siéndolo, pero estirando la ficción de unidad mientras sea posible, la izquierda nunca podrá arrebatarle a la derecha la bandera de encabezar la uniformidad.

Ninguna de las cabezas que arman ese pulso tiene grandes convicciones sobre la cuestión territorial. Pero el pragmatismo de Podemos le proporciona mucha ventaja. Pablo Iglesias sabe que nunca dispondrá de la última palabra con un Podemos que tenga estructura de mosaico heterogéneo. Pero también sabe que las Mareas gallegas y la fragmentación progresista de la Comunidad Valenciana no tienen marcha atrás, y que sus electores potenciales de Catalunya desean ser sus compañeros de viaje y no propiamente suyos.

EL DEMÉRITO DEL PSOE

Iglesias sabe asimismo que nos rige un tercer gran principio: como la derecha es un solo partido nunca se le igualará electoralmente sin una verdadera suma de la dispersión de las izquierdas y de los gajos progresistas que suponen los nacionalismos periféricos.

La ventaja de Podemos es puro demérito del PSOE. En el 2013, Rubalcaba tuvo la lucidez de arrancar en Granada a sus compañeros el rumbo hacia la fórmula federal. Marcaba el camino, pero la vieja guardia, el felipismo inmovilista, creyó que con esa declaración verbal se llegaba a la meta. El partido quedó desde entonces parado y pasmado; tres años después lo de Granada no se ha traducido en absolutamente nada y el PSC ya enfila hacia un futuro que lo modificará para siempre. Aseguran del líder provisional, Javier Fernández, que es prudente y sensato, cuando lo único que ha hecho es perder tiempo (despacha con la aristocracia socialista, los líderes regionales, de uno en uno porque no se ha atrevido a reunirlos juntos; y ha retrasado el urgente debate del comité federal).

En esas dilaciones, tras haberle birlado a los socialistas el voto joven y el de las franjas progresistas urbanas, Podemos se rehace de sus ambigüedades/utopías económicas y reformula como propio el modelo territorial que van imponiendo progresivamente los electores. Quizá construye su opción antes de acabar de dibujar los planos, pero los socialistas esperan a que se suavicen unas diferencias internas que sólo serán conciliables si hablan sin complejos sobre ellas. Y no tienen prisa ni ganas de hacerlo.