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Santos deposita su voto en el referéndum, en Bogotá.

EFE / MAURICIO DUEÑAS CASTAÑEDA

Colombia vale un Nobel

Rafael Vilasanjuan

Con el galardón al presidente colombiano, el Comité Nobel apuesta por el premio más oportuno de todos los posibles

¿Que hicieron los cinco parlamentarios noruegos que cada año deciden a quien entregar el Nobel de la Paz, cuando el domingo vieron el resultado del referéndum en Colombia? ¿Habían pensado que esa era la opción mas clara y decidieron mantenerla? ¿Habían acordado otra y a última hora decidieron cambiar? Las deliberaciones del premio no son públicas, aunque con el tiempo y las filtraciones hemos aprendido algunas cosas. La primera es que probablemente a la hora en que los colombianos votaban, el comité ya tenía cerrada la propuesta; la segunda todavía mas evidente conociendo las decisiones de los últimos años, es que al Nobel de la Paz no le gusta ser previsible, pero no renuncia al impacto y entregándoselo ahora al presidente colombiano Juan Manuel Santos lo ha conseguido todo.

Este año era a cara o cruz. O se lo entregaban a los cascos blancos sirios como último vestigio de humanidad en medio de la peor barbarie de nuestros días, o reconocían la iniciativa para poner fin al que en Colombia se arrastraba como el ultimo de los conflictos que se alimentaban de la extinta Guerra Fría. Cualquier otro contexto hubiera sonado sorprendente, por esa misma razón estos dos parecían previsibles y podían salir en las quinielas. No ha sido así, porque hasta el domingo, cuando el pueblo colombiano demostró que está perfectamente dividido en dos mitades y la balanza se decantaba por decimales a favor de los que no querían un acuerdo, Colombia se convertía en el premio mas rebelde y oportuno entre todos los posibles.

El premio reconoce el esfuerzo del pueblo colombiano y aunque olvida al líder de la guerrilla como “colaborador necesario”, tal vez eso le de un valor añadido a la decisión de proponer a la figura de Santos como impulsor y líder para continuar el proceso. Santos no solo es un acierto, después de mas de medio siglo de violencia entre el Gobierno y las guerrillas de las FARC, es el reconocimiento al líder que desde el poder decidió cambiar el pesimismo de una opinión pública resignada a la violencia como forma de relación para esgrimir diferencias políticas, económicas o sociales. No solo ha trabajado en un frente difícil con el grupo armado, sino que ha tenido otro frente aun mayor entre sus colegas en Bogotá, los que controlan el poder político, cuya principal visión es ganar la batalla y no llegar a un acuerdo.

Seguro que Santos hubiera cambiado este premio Nobel por un resultado contundente a favor del proceso, pero por esa misma razón merece el premio. Este año el Nobel ha acertado, con el apoyo de toda la comunidad internacional, el premio valida a la principal figura política como el estadista necesario y su idea, ahora cuestionada, como un camino legítimo para alcanzar definitivamente la paz. El proceso no ha terminado, para que llegue a buen puerto va a necesitar renovar convicciones, pero mientras sus principales rivales ya le veían con la maleta en la puerta, el Nobel no es un apoyo menor. La paz en Colombia lo necesitaba.

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