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Dos miradas

El presidente del Institut dEstudis Catalans, Joandomènec Ros (izquierda), junto con el historiador Jaume Sobrequés.

Amable y digerible

Josep Maria Fonalleras

Cuando se habla sobre lengua, el país se incorpora y alza la voz

Este es un país que hierve en cuanto se habla de lengua. La gramática, más que una ciencia es una religión. Quiero decir que tiene sus tótems, sus iglesias y, sobre todo, sus sectas y facciones, que remueven cielo y tierra cuando se trata de discutir sobre los pronombres débiles o los préstamos lingüísticos, o sobre la correcta manera de escribir una palabra o de pronunciarla. Cuando se habla sobre lengua, el país se incorpora y alza la voz. Por eso, cuando se supo que el Institut d'Estudis Catalans estaba preparado para aniquilar al numeroso ejército de los acentos diacríticos, la red se convirtió en un campo de batalla. A favor y en contra de la nueva normativa de aquellos acentos que sirven para distinguir el significado de dos palabras que se escribirían igual si no fuera por el acento. Tengo amigos y conocidos a ambos lados de la polémica y hay voces sensatas que tanto me indican la necesidad de hacer caso al IEC como de iniciar una campaña en contra.

Pero este no es el caso. El problema es la justificación del IEC. Separa en dos universos distantes la ortografía de la lengua, como si la primera no fuera un satélite de la segunda, y abona la simplificación para tener al alcance un «catalán más amable y digerible». Los hablantes actuales tenemos que sacrificarnos para que futuras generaciones tengan un acceso más fácil a la complicada digestión de la cultura. Un futuro sin esfuerzo. Como dijo Empar Moliner, «menú infantil para todos».

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