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El segundo sexo

Visiones hegemónicas

Care Santos

Las lenguas sirven para transmitir lo más sublime de que somos capaces como Humanidad: la palabra

Esta semana quedé con unas amigas, ambas profesoras de universidad, para compartir pasiones. Visitamos librerías, almorzamos en un vietnamita y hablamos mucho. Uno de los temas que nos ocupó fue la masculinidad, la especialidad de una de ellas. Ojo, no estoy diciendo nos convertimos en tres chicas contando chismes de sus hombres -aunque puede que también— sino que nos enredamos en debatir las complicaciones de la condición masculina. Ser hombre hoy día es dificilísimo, ni se me ocurriría intentarlo.

Las masculinidades se están rebautizando y ese es un reto que ha asumido el feminismo ante la necesidad de explicarse a sectores de la sociedad que se sienten excluidos de sus tesis. Me explico: hay un cierto feminismo que se cimienta sobre el ataque frontal, en ocasiones muy violento, al varón. La mayoría de las estudiantes jóvenes, me contaba mi amiga, rechazan este tipo de ideologías por diversas razones: las creen superadas, no piensan que les afecte y les resultan demasiado violentas.

ATAQUES DE ANDROFOBIA

Luego está la parte de la población -no solo masculina- que se siente incómoda ante estos ataques de androfobia. Ellos, desde luego, tienen sobradas razones para molestarse: se sienten atacados, cuestionados sin razón. Me refiero a hombres capaces de comprender y defender las tesis feministas, pero a quienes les molesta el discurso generalizador de esa parte del feminismo que les demoniza por sistema. «Me niego a que alguien me vea como un abusador en potencia solo porque algunos van por ahí abusando», me decía un amigo —45 años, libre de toda sospecha de machismo— hace muy pocos días.

El secreto, como siempre, está en las palabras. «Habría que saber explicarlo bien», opina mi amiga profesora. Las conductas machistas formulan masculinidades patriarcales. Por conducta patriarcal entendemos la de aquel que «ejerce autoridad» en la familia o la comunidad «por su edad y sabiduría». Acaso, viendo esta segunda parte de la definición -que parece bastante patriarcal-, también el diccionario debería revisarse. O acaso habría que buscar una palabra más adecuada. Los hombres con conductas contrarias al machismo conforman la «masculinidad liberal» o «antipatriarcal» y es aquí a donde queremos llegar. Hay que lograr que esas masculinidades liberales no se vean atacadas por quienes se refieren solo a las masculinidades patriarcales. O habría que especificar. Como siempre, todo termina pasando por el lenguaje.

Cuando Maria Rovira, la diputada de la CUP, denunció hace solo unos días que había sido víctima de abusos sexuales mientras volvía a su casa de madrugada, colgó en las redes sociales un mensaje en que se leía: «Estoy en alerta para darle la vuelta al patriarcado». Patriarcado. Ella lo dejó muy claro. Contra qué lucha, cuál es el enemigo. La palabra no era gratuita, ni casual. Denunciaba una conducta masculina muy concreta, la patriarcal, y exonera de culpa a los demás. La culpa no es de los hombres, es del patriarcado. Y, como todas sabemos, el patriarcado a menudo no lo ejercen solo ellos. Por desgracia, no todas son tan cuidadosas al elegir las palabras como Maria Rovira, pero convendría ir afinando.

EL PREGÓN DE LA MERCÈ

A vueltas con las exclusiones, esta semana me ha parecido percibir una conducta similar a la de esas feministas cabreadas a perpetuidad con los hombres, hagan lo que hagan. Cabreadas y beligerantes, esto es, ruidosas. Tiene que ver -perdonen el cambio de tema- con el tan traído y llevado pregón de las fiestas de la Mercè. Confieso que sigo sin entender el disgusto de algunos. No pueden haberse enfadado por falta de méritos del pregonero, desde luego, porque el escritor Javier Pérez Andújar los tiene demostrados, y mucho menos por el contenido del pregón, que fue diferente, emotivo y cargado de barcelonismo por los cuatro costados. Tal vez se enfadaron porque eso de nacer en Sant Adrià del Besòs no les parece muy literario, y encima hijo de emigrantes andaluces, ¡a quién se le ocurre pretender ser escritor con tales prendas!

O tal vez el problema haya venido de que se trata de un autor que escribe en castellano, horror, esa lengua de bárbaros (para algunos, claro, entre quienes no me cuento). Como si el amor hacia el catalán y la cultura catalana se profesara en exclusiva, como el matrimonio, o se traicionara leyendo otras lenguas, las que sean. De nuevo vuelvo a las feministas androfóbicas: por supuesto que no son todas, pero las que son perjudican a las demás.

Los castellanofóbicos también son pocos -por fortuna-, pero se las apañan para hacer ruido y para confundir al resto. Como si la lengua tuviera la culpa de lo que han hecho o hacen algunos de sus hablantes. Como si una lengua no sirviera para transmitir lo más sublime de que somos capaces como Humanidad: la palabra. Y la Literatura, que está ahí para salvarnos de la estupidez.

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