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La utilidad del Día Sin Coches

Enric Hernàndez

La lucha contra la polución debe librarse 365 días al año. Habrá que garantizar un transporte público fiable antes de imponer prohibiciones

Madrid ha celebrado el Día Sin Coches... con atascos de hasta 10 kilómetros. A Barcelona le ha sentado mejor la jornada, con una leve disminución del tráfico privado pareja al aumento de pasajeros del metro. El propósito de esta cita anual es concienciarnos sobre la amenaza de la contaminación, tanto para nuestra salud como para la del planeta, y animarnos a sustituir el vehículo privado por el público. Loable iniciativa que adolece de voluntarismo; nada indica que desde este viernes los automovilistas vayan a deponer masivamente su actitud.

La decisión de conducir por una gran urbe poco tiene de ociosa. Solo para ahorrarse los embotellamientos, el coste del aparcamiento o la ansiedad de no encontrarlo, muchos conductores abandonarían indefinidamente sus coches si la red pública de transporte les brindase una alternativa de movilidad sostenible, sí, pero también rápida y fiable. Y la realidad es muy otra.

En la capital catalana, la Diagonal y sus laterales son una ratonera para los buses, de exasperante lentitud. El metro da la espalda a algunos barrios y convierte ciertos transbordos en epopeyas. Y el tranvía fluye desde el Llobregat y el Besòs para morir, aún inconexo, en las orillas del Eixample.

Para quienes residen fuera de Barcelona, fiar su horario laboral a la puntualidad de Rodalies supone exponerse al despido. Las retenciones en las rondas y en los accesos a la ciudad, a veces infernales, son al menos más previsibles que los horarios de Renfe.

Desengañémonos: la lucha contra la polución se libra 365 días al año, no uno solo. La batalla de acotar el trasporte privado solo se ganará conjugando medidas disuasorias y coercitivas. Tarde o temprano habrá que restringir el acceso al centro de la ciudad a los vehículos más contaminantes, o al menos limitarlo mediante 'peajes verdes' como las tarifas de congestión aplicadas en Londres.

TRENES 'PRIMERMUNDISTAS'

Pero, antes de imponer prohibiciones, las autoridades deberían procurar alternativas a los conductores llegados de fuera (aparcamientos económicos en las entradas), trenes 'primermundistas' y una red urbana de transporte público eficiente y competitiva. 

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