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La rueda

Felipe VI en Nueva York

Enric Marín

Se acumulan los hechos que refuerzan la convicción de que la política exterior española es errática y de perfil bajo. Destacaremos solo dos hechos. En primer lugar, es curioso que el ministro más activo en lo que en Madrid se conoce como el «desafío catalán» sea, precisamente, el señor Margallo en su condición de ministro de Asuntos Exteriores. Está a la altura de los comentarios de Esperanza Aguirre cuando, ante la opa de Gas Natural sobre Endesa, se lamentaba de que la empresa eléctrica se trasladara fuera del territorio nacional. O de la imagen impagable de una Catalunya vagando por el espacio sideral. Todo ello parece más digno de análisis freudiano que de análisis político.

El segundo hecho tiene que ver con la intervención del rey Felipe VI en la asamblea plenaria de las Naciones Unidas. La asamblea ha tenido una densidad política y simbólica excepcional. Un presidente Obama que agota su segundo mandato aprovechó para hacer llegar a la comunidad internacional un mensaje de despedida duro. Pero aún fue más relevante el mensaje de despedida de Ban Ki-moon, el secretario general saliente. Un discurso crítico y autocrítico en un momento muy delicado de los nuevos equilibrios geopolíticos. Ninguna retórica vacía. Parecía, pues, un momento único para hacer un discurso importante. Pero ¿qué discurso hizo el monarca en este contexto? Cuatro vaguedades sobre la vocación de la política exterior española, recordar Gibraltar y alguna consideración genérica sobre la lamentable situación de la política doméstica española. Se mire como se mire, un discurso triste, penoso.

Pasada la fantasía de grandeur aznariana representada en la foto de las Azores, la política exterior española ha vuelto a la atonía habitual, pero la crisis sistémica que atraviesa la sociedad española aún la hace más irrelevante.

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