EL AMFITEATRO

Que no te echen, 'Carmela'

En defensa de la estatua de Jaume Plensa frente al Palau de la Música

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’Carmela’, de Jaume Plensa, delante del Petit Palau.

’Carmela’, de Jaume Plensa, delante del Petit Palau. / FERRAN SENDRA

Ayer, antes de entrar en el Palau de la Música para la inauguración de la temporada, me alegró enormemente poder ver de nuevo a 'Carmela', la escultura de Jaume Plensa situada temporalmente frente al Petit Palau. Hoy leo en este diario que Xavier Bru de Sala no ve la hora de que la quiten (debería ocurrir la semana próxima) dando a entender con mucho circunloquio que la obra le parece vomitiva y su autor, un artista que, en el mejor de los casos, habría descarrilado.

Ni soy crítica de arte ni especialista. Mi conocimiento se limita al que despierta la curiosidad por el fenómeno artístico. Por tanto, análisis, poco y opinión, bastante. 'Carmela' me gusta. Me gusta mucho. Su emplazamiento en la pequeña plaza frente a la monumentalidad ornamentada del Palau y a su recreación moderna del segundo auditorio ejerce un gran contraste por su simplicidad.

La figura de cuatro metros y medio de hierro fundido despierta la curiosidad por el juego de perspectiva que ofrece. Según desde donde se mire, parece tener una forma redondeada. Según de donde, se ve que es en realidad achatada. También intriga la sensación de placidez que transmite y eso, a escasos metros de una de las vías más ruidosas de la ciudad, la Via Laietana, es de agradecer. Como explicaba Natàlia Farré en su reportaje 'Carmela', la deseada', los vecinos quieren que se quede y los que van de paso se la llevan en sus teléfonos.

Las esculturas de Plensa que conozco despiertan sensaciones que contrastan con los ajetreos cotidianos. Ocupan un espacio físico, pero también se relacionan con un espacio inmaterial que no es exactamente el de las emociones. Es más bien un espacio interior. Crean una especie de barrera con el mundo exterior.

El pasado año, por ejemplo, la visita a la exposición que le dedicó el Museo de Arte Moderno de Céret (Francia) coincidía con la feria taurina que anualmente se desarrolla en la ciudad. La calle del museo, el bulevar Maréchal Joffre, parecía una versión reducida de Pamplona en los Sanfermines. La calle, vallada para el encierro. La cerveza, abundante. La música, ensordecedora. Entrar en la exposición era dejar atrás un mundo físico para penetrar en otro casi espiritual. Al final del recorrido, la instalación 'Air, Water, Void', en la que tres figuras de hombre sentados en corro, realizadas en resina, iban cambiando de color ejercían un extraño poder hipnótico. Placidez y serenidad.

En atmósferas menos ajetreadas, la obra del escultor amplifica su capacidad de acercarse a la profundidad de los humanos. Así ocurría con la instalación 'Together' en la basílica de San Giorgio Maggiore, en la isla veneciana de San Giorgio, durante la Bienal del pasado año. En la basílica, levantada por el gran Andrea Palladio recogiendo toda la herencia arquitectónica romana de Vitrubio, el espacio adquiere una dimensión especial. Las dos obras de Plensa, una cabeza y una mano de gran tamaño, hechas de alambre de acero, recreaban la magnitud de aquel espacio. La obra del escultor seguía en un pasadizo oscuro de la Officina dell'Arte Spirituale en el que estaban alineadas cinco cabezas de muchacha con los ojos cerrados, como 'Carmela'. Las figuras, hechas en alabastro traslúcido emitían una luz que reclamaba paz y silencio.

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En este caso al aire libre, pero también en un lugar alejado del ruido, la cabeza de 'Awilda' con sus rasgos caribeños, invita al recogimiento en el patio de la Dietrichschurch, en la Universidad de Salzburgo

Xavier, nunca me pondré una pieza de Lladró en el comedor de mi casa, pero me gusta que en este vestíbulo del Palau de la Música que es la placeta que hay en la esquina 'Carmela' siga con los ojos cerrados despertando la curiosidad de unos y transmitiendo un sensación de sosiego a otros.