25 nov 2020

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IDEAS

De Plensa a Lladró

Xavier Bru de Sala

Este artículo no va destinado precisamente a quienes demuestran su mal gusto exhibiendo en casa una pieza -no diremos escultura- de Lladró. Justo al contrario, se dirige a los que ante unas tan adorables figurillas experimentan en la laringe una sensación similar a la de los romanos, cuando, a fin de engullir más aún, se introducían una pluma de ganso con la intención de potar. En otras y más cercanas palabras, a quienes dudan sobre el verdadero carácter de obra de arte de las antepenúltimas, las últimas y las penúltimas obras de por ejemplo Barceló. A los que sentenciaron que el Macba abdicaba de su complicidad con las vanguardias cuando le dedicó una servil reverencia expositiva en el 98.

Dentro de una semana toca retirar de la vía pública la escultura 'Carmela', que los vecinos pretendían adoptar

Dentro de una semana toca retirar de la vía publica la escultura 'Carmela', del también ‘triunfador’ Jaume Plensa. La exposición es temporal, como lo fueron los 'remakes' clasicoides de Mitoraj en la Rambla de Catalunya. El Ayuntamiento de Barcelona, por fortuna, hizo oídos sordos ante la pequeña campaña de algunos vecinos que pretendían adoptar esta colosal criatura embobecida que debemos suponer en dulce estado místico-orgasmático provocado por las emanaciones musicales exhaladas desde el Palau de la Música. También ha ido a pique el proyecto de escultura de 70 metros que, justo ante el mar, debería modificar por los siglos de los siglos el 'skyline' de Barcelona. Cuánta, cuánta osadía.

Algunos artistas de nuestro tiempo, hartos de no ser reconocidos a satisfacción de su ego dilatado, se han desviado de su disruptiva trayectoria inicial, sin duda interesante, para opositar a la categoría de lo que el joven Dalí denominaba putrefacto. Desde las estrecheces exigentes del concepto, Plensa desembocó en el plácido océano de la grandilocuencia cuando decidió explotar una sublime iluminación: que las pirámides no son admiradas por su forma, tan elemental, sino por su volumen desmesurado. Ay, si los de Lladró le descubren el secreto.