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El 11-S y la extrema derecha

Kim Amor

La "cruzada" de George W. Bush a nivel planetario para acabar con Al Qaeda y grupos afines, puesta en marcha tras el 11-S, ha sido un auténtico fracaso. También la estrategia seguida por el actual presidente Barack Obama. Hoy el mundo es más inseguro que hace quince años.

Según el Instituto para la Economía y la Paz, que elabora el denominado Índice Global de Terrorismo, en el 2014 murieron en el mundo víctimas de acciones terroristas 32.658 personas, nueve veces más que en el año 2000. El 78% de ellas en Irak, Afganistán, Pakistán, Nigeria y Siria, es decir, la gran mayoría musulmanes.

El terror yihadista ha extendido la cultura del miedo por todo el mundo. Los recientes atentados en París, Bruselas o Estambul, por ser los más cercanos geográficamente, no hacen más que recordarnos que los terroristas pueden actuar en cualquier sitio y en cualquier momento. 

Las aventuras belicistas, como las invasiones de Afganistán e Irak, no han hecho más que animar el reclutamiento en las filas de los grupos yihadistas. También lo han hecho los ataques con ‘drones’ que se han llevado la vida de miles de civiles -los llamados "daños colaterales"-, las imágenes de la cárcel de Abú Ghraib o Guantánamo, los secuestros de sospechosos trasladados en aviones clandestinos a terceros países para ser torturados o la 'disposición Matrix', la lista negra de enemigos a capturar o eliminar a través de los denominados "asesinatos selectivos", una práctica "habitual" durante el mandato de Obama, como ha recordado 'The Washington Post'.

MOVIMIENTOS DEMOCRÁTICOS

El actual presidente estadounidense parece haber invertido mucho más esfuerzo y tiempo en golpear a los yihadistas que en apoyar a los movimientos democráticos de la región que tomaron fuerza durante la primavera árabe, la revuelta popular por la dignidad y la libertad. Nada hizo para evitar el golpe de Estado que sacó del poder a Mohamed Mursi, el primer presidente elegido democráticamente en Egipto, ni para frenar la invasión de Bahréin por parte de tropas de Arabia Saudí, ni tampoco para apoyar militarmente al Ejército Sirio Libre, como sí hizo, sin embargo, con los rebeldes libios que lucharon contra Muamar el Gadafi.

Tal vez el objetivo nunca ha sido derrocar al presidente sirio Bashar al Asad -más vale malo conocido que bueno por conocer- sino debilitar al Ejército sirio y al propio régimen, de confesión alauí, una rama del chiismo, aliado de Irán, y el gran enemigo de Israel, pieza clave en el tablero de Oriente Próximo.

Siria ha dejado de hecho de existir como país y algo parecido pasa con Irak. Las líneas trazadas por Sykes-Picot -el reparto de la región entre el Reino Unido y Francia como consecuencia de la descomposición del imperio Otomano tras la primera guerra mundial- parecen condenadas a desaparecer, en aras a desmembrar la región en pequeños estados débiles formados bajo criterios de etnias y confesiones religiosas. La convivencia entre chiís y sunís parece cada día más difícil.

ESCAPAR DE LA BARBARIE

Mientras tanto, la islamofobia y la xenofobia se expanden como la espuma por la Europa cristiana, incapaz de dar respuesta a las decenas de miles de personas que escapan de la barbarie y de darse cuenta de que los extremistas del Corán armados son un porcentaje ridículo en el universo del islam, religión que profesan más de 1.500 millones de personas en todo el mundo.

Tras dejarlo crecer, el monstruo del Estado Islámico pierde fuerza, gracias a las operaciones militares de EEUU y demás países en Siria e Irak, lo que no significa, sin embargo, que vaya a desaparecer, al menos a corto plazo. Pero otro monstruo resurge de las cenizas, el de la extrema derecha, la que se creía desterrada de la vieja Europa tras la gran devastación de hace apenas setenta años. Un peligro probablemente mayor que el de los yihadistas.

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