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Quince años del 11-S

La posguerra que no llega

Jordi Graupera

La pregunta que los ciudadanos de Estados Unidos se hacen hoy es «¿qué país queremos ser?»

En un festival de cómics, videojuegos y ciencia ficción que se celebró en Atlanta el pasado fin de semana, una pareja se presentó disfrazada de Torres Gemelas en llamas. Llevaban barbies pegadas, como lanzándose al vacío. Los echaron a gritos. Al día siguiente, el New York Daily News, el tabloide populista de izquierdas, el más antiguo de la ciudad, les llamaba cabezas de chorlito en un artículo incendiario.

El domingo hará 15 años que dos aviones se estrellaron contra el World Trade Center. Unas calles más arriba, en las aulas de la Universidad de Nueva York, esta misma semana miles de estudiantes empiezan sus licenciaturas. Son la primera generación que llega a la universidad sin tener memoria de aquel día: tenían 2 o 3 años, el umbral del recuerdo.

El miércoles por la noche, a bordo del USS Intrepid, un portaviones de la segunda guerra mundial amarrado en la orilla oeste de Manhattan, convertido ahora en museo flotante, la Asociación de Veteranos de las Guerras de Irak y Afganistán organizó un foro con Hillary Clinton Donald Trump (por separado, uno después de la otra). Es el primer acto propiamente de campaña electoral que incluye a los dos candidatos. La política militar, en el centro.

LOS VETERANOS ESTÁN CON TRUMP 

Hillary Clinton, que apoyó las guerras posteriores al 11-S como senadora de Nueva York, que ha sido secretaria de Estado del primer Gobierno de Obama, y de quien el New York Times dice que es una halcona que quiso empujar al presidente a ser más intervencionista, prometió que «nunca más» enviaría tropas a Irak. Donald Trump, en cambio, que se mostró contrario a la guerra de Irak ya en el 2003, insistió en la necesidad de ampliar el Ejército, y de intervenir hasta aniquilar al ISIS.

Según las encuestas, la mayoría de veteranos apoyan a Trump. Quizá por este motivo, Clinton ha sacado un anuncio en el que se ven veteranos mutilados, viudas y madres de soldados muertos mirando declaraciones de Trump que desprecian su «sacrificio». Es imposible no ver una utilización truculenta y vulgar del sufrimiento, pero no es ninguna novedad en la política americana. Al fin y al cabo, uno de los momentos centrales del foro fue cuando los dos candidatos tuvieron que comentar que el número de suicidios entre veteranos se ha disparado, mientras que los servicios médicos y las pensiones para los «héroes» son un insulto superior a cualquier menosprecio. Como cada campaña, se les prometió resarcimiento y se les coronó de laureles retóricos; como cada miércoles, camino del gimnasio, le di un dólar a un sintecho exmarine que vive entre cartones a la salida del metro.

LAS GUERRAS NO ACABAN POR DECRETO

El debate, sin embargo, es más profundo: la pregunta que los americanos se están haciendo desde que empezaron las primarias es «¿qué país queremos ser?». Xenófobo/abierto, proteccionista/comerciante, aislado/policía. Es una pregunta que solo tiene sentido en el contexto amplio de los últimos 15 años, los seis billones gastados en las guerras y la incontable deuda pública poscrisis que arrastran. El domingo se leerán en voz alta los 2.996 nombres de los que murieron en los atentados, todos ellos inscritos en el precioso memorial que ha sustituido a las torres: dos agujeros que recuerdan la planta de los edificios, convertidos en una fuente donde cae el agua, como un pozo que todo lo traga.

En teoría EEUU ya no está en guerra ni con Afganistán ni con Irak, pero las guerras nunca se acaban por decreto, y los norteamericanos han perdido la capacidad de controlar el contexto. En una entrevista con la prestigiosa Foreign Affairs, el general retirado Martin Dempsey explica que entre Rusia, China y el ISIS, EEUU no puede hacer nada más que seguir engrasando la maquinaria y, al mismo tiempo, que poner tropas en Oriente Próximo solo desestabiliza. Ninguna de estas amenazas se puede desligar de aquel martes del 2001, y de la respuesta que el país ofreció al mundo. Son la cosecha, pero nadie con dos dedos de frente es capaz de asegurar que este sea el peor escenario que podrían contemplar 15 años después de la herida.

POCO ORGULLOSOS DE SER AMERICANOS

Cuando Trump dice que prohibirá la entrada de sirios y libios en EEUU, o que hará un control ideológico a los musulmanes, está hablando de la angustia de no poder entrar de una vez en la posguerra. Cuando Clinton dice que no pondrá tropas en Oriente Próximo mientras apuesta por los drones, intenta enmascarar el desconcierto de una posguerra que no es. Los diarios se llenan estos días de la añoranza por los días posteriores al atentado, cuando la fraternidad reinaba. Según las encuestas, hacía 16 años que los americanos no se sentían tan poco orgullosos de serlo. Especialmente los jóvenes que acaban de empezar la universidad o van a ferias de videojuegos. 

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