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La formación de la opinión pública

Un grupo de representantes de las ONG, en una protesta durante la conferencia de París, el pasado diciembre, sobre el cambio climático.

EFE / IAN LANGSDON

Percepción y realidad

Josep Borrell

La desinformación, o la falsedad sin más, juega un papel cada día más relevante en el debate político

Opinamos y decidimos en función de nuestra percepción de la realidad. Somos lo que percibimos, ya lo dijo en latín, un obispo inglés del siglo XVIII. En lenguaje castizo, ojos que no ven corazón que no siente. Lo que no conocemos no nos puede afectar emocionalmente ni condicionar nuestras decisiones. Pero no por eso dejará de tener consecuencias. Aunque lo ignoremos, no nos libraremos de los efectos del cambio climático.

Las percepciones derivadas de nuestras experiencias personales son limitadas y con frecuencia engañosas. No percibimos que la Tierra sea redonda. También disponemos de información elaborada, que también puede ser engañosa pero susceptible de contraste y verificación. La democracia depende de la cantidad y de la calidad de la información que los ciudadanos reciben. La verdad absoluta no existe, pero conviene distinguir las opiniones de los hechos constatables. Sin embargo, la desinformación, o simplemente la falsedad, juegan un papel cada vez más importante en el debate político, véase sino lo ocurrido con el 'brexit'o en el conocimiento que tenemos de los grandes problemas: terrorismo, migraciones, desigualdades, cambio climático, desempleo, escándalos políticos y financieros....

PROBLEMAS QUE NO DEJAN DE CRECER

Problemas graves y que se agravan. Las desigualdades no dejan de crecer : 85 personas tienen un patrimonio equivalente al de 3.500 millones de seres humanos. Recursos naturales y especies vivas desaparecen a un ritmo insostenible. A principios de agosto los terrícolas ya habíamos consumido la capacidad anual de reposición ecológica del planeta. Nuestras emisiones de CO2 siguen aumentando, julio ha sido el más cálido desde que tenemos registros (136 años), y el décimo mes consecutivo en el que se baten los records de temperatura. Unos 7.000 emigrantes han muerto ahogados en el Mediterráneo desde que la crisis de los refugiados demostró la fragilidad de la UE.

Pero solo nos interesamos por estos problemas cuando algún acontecimiento noticiable, de preferencia ilustrado gráficamente, nos provoca emociones. Hace un año que apareció muerto en una playa turca el niño Aylan, que hubiera quedado en el anonimato sin su desgarradora fotografía en primera pagina de los periódicos. Después vino el controvertido acuerdo de la UE con Turquía. El flujo de fugitivos se frenó y este verano ha sido relativamente tranquilo. No hemos vuelto a percibir el problema porque no hemos visto y en consecuencia no hemos sentido. Pero los flujos no se detienen, simplemente se embalsan. En condiciones peores, porque después del golpe de Estado y la represión que le ha seguido, ¿podemos seguir considerando a Turquía un país seguro? ¿Tenemos plan B por si el acuerdo se rompe?

Lo mismo ocurre con el cambio climático, centro de toda la atención mediática durante la Conferencia de Paris. Después, ningún hecho noticiable nos ha recordado que el problema se agrava. El grito de alerta del reciente informe de 450 científicos ha pasado desapercibido. El que podría ser presidente de EEUU sigue negando que exista. Colectivamente, actuamos como si no existiera. Hay demasiados intereses en juego para tomarlo en serio. Hacerlo exigiría enormes cambios en la distribución de la riqueza y el poder. Y asumir costes hoy para evitar males mayores en el futuro, a lo que somos reticentes por naturaleza y que no se corresponde con el ciclo político cortoplacista de la democracia. Para contener el aumento de las temperaturas habría que dejar bajo tierra el 70 % de las reservas conocidas de combustibles fósiles, que no valdrían nada. Eso si que sería una crisis de balances.

CONSECUENCIAS DE UNA TRANSFORMACIÓN ECONÓMICA

La transición tecnológica a una economía baja en carbono crearía mucho empleo. Pero la rápida reducción de emisiones implicaría destrucción masiva de capital (centrales de carbón y gas, refinerías de petróleo, minas de carbón, vehículos) e inversión en nuevo capital (generación de energías renovables y coches eléctricos). Una transformación económica tan importante como la capacidad de acogida a unos pocos millones de refugiados. Y ya hemos visto cómo ha cambiado la opinión publica alemana desde la generosa actitud de Merkel de hace un año.

Es imposible abordar la complejidad de estos problemas en frases simples, más o menos subjetivas, y menos en tuits. Paradójicamente, cuanto más abundante e instantánea es la información, menos nos ilustra. La tecnología permite que algoritmos automáticos seleccionen la información que recibimos para presentarnos un mundo que refuerza nuestras creencias. Un grave reto para que los medios de comunicación, y en particular la prensa escrita, cumplan con su función de mejorar nuestra percepción de la realidad con información critica y contrastada.