ANÁLISIS

Todo el mundo quiere nuestros datos

El servicio y la seguridad no justifican que las empresasy los estados quieran saber tanto de cada uno de nosotros

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Todo el mundo quiere nuestros datos

NEUS MASCARÓS

Todo lo que hacemos deja un rastro digital, una ráfaga de unos y ceros que se puede almacenar y transmitir: nuestra declaración de renta, nuestras llamadas telefónicas, los mensajes que enviamos a nuestros hijos preguntando a qué hora llegarán, los resultados de nuestro último análisis de sangre, las búsquedas que hacemos en internet, las películas que miramos en la tele… Todo queda anotado en algún sitio, a veces en los ordenadores del banco, en los de nuestra compañía telefónica, en una gran compañía de internet, en la Administración o en un hospital. Hay datos nuestros desparramados por todas partes, muchísimos más datos de lo que imaginamos, y muchísimo más descontrolados de lo que creemos. Y todo el mundo sueña con reunirlos para poder, por fin, saberlo todo de nosotros.

Las empresas y los estados siempre han tenido información sobre nosotros, lo que ha cambiado es el volumen, la capacidad de combinarla y la velocidad. La globalización ha generado corporaciones cuyo alcance es mundial, posibilitando que una sola compañía tenga información de miles de millones de personas, y además que esa información sea de todo tipo (gustos, preferencias, amistades, intereses, opiniones, consumos) y que gracias a la tecnología se pueda capturar y procesar en tiempo real. Buscas en internet un camping en Burgos e inmediatamente los anuncios que aparecerán en tu pantalla, solo en la tuya, serán de campings en Burgos. Unas pocas organizaciones tienen mucha información de mucha gente, así que quien quiera saberlo casi todo puede conseguirlo con solo acceder a los datos de unas pocas compañías.

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Todo el mundo quiere nuestros datos. Las empresas, con el pretexto de ofrecernos un mejor servicio; y los estados, con el de ofrecernos una mayor seguridad. Pero ni el servicio ni la seguridad justifican el volumen y profundidad de la información que pretenden capturar. Sencillamente, quieren el máximo acceso y control posible para más adelante dilucidar qué hacer con ello. Y ese es el peligro: no son nada claros con los usos que darán a la información sobre nosotros, y hay ejemplos que nos hacen dudar de cómo custodian la información digital: hemos visto publicados whatsapps de la Reina de España, conversaciones telefónicas del ministro del Interior y declaraciones al juez bajo secreto de sumario. Si eso puede pasar, asusta pensar qué puede suceder con lo nuestro, que no somos nadie.

Empresas y estados intentan concentrar y controlar el máximo de información disponible sobre nosotros. Como ciudadanos deberíamos hacer lo mismo y querer saber qué información tienen ellos sobre nosotros. ¿Qué información recopilan Whatsapp, Hacienda, el banco o el operador de telefonía? ¿La puedo consultar? ¿La puedo usar? Todos andan ocupados en atesorar información, pero nadie se preocupa de que nosotros tengamos acceso a ella. Como ciudadanos no podemos fiarnos demasiado de cómo las empresas y los estados usan y quieren usar la información y los datos que generamos con nuestra actividad cotidiana. Debemos estar atentos y activos: el servicio y la seguridad no justifican que quieran saber tanto de cada uno de nosotros.