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Dos miradas

Los Juegos Olímpicos quedan un poco lejos y el goteo continuo de noticias nos los hace ver aún con más distancia, pero como en agosto he hecho vacaciones de actualidad recupero algunos detalles de la competición que van más allá de marcas y resultados. Me gustan todos los deportes y soy capaz (como quedaría demostrado si me hubiera grabado una cámara en el sofá de casa) de tragarme las competiciones más ridículas, como por ejemplo el bádminton, ese juego victoriano que aquí siempre ha sido visto como una distracción de playa. Tiene algo a favor, el bádminton: gana el que consigue más puntos. A diferencia de la doma clásica, de la gimnasia rítmica y de la natación sincronizada, donde el espectador se pone en manos de unos jueces que valoran una actuación -con todo lo que la palabra tiene de espectáculo- más que una confrontación entre rivales. Es decir, que no los soporto. Y menos cuando supe que parte de la puntuación de las nadadoras se debe a la habilidad que tienen a la hora de maquillarse o elegir el bañador.

Para justificar el fracaso en Río, Gemma Mengual dijo que «ahora no tenemos el peso que teníamos antes en la sincro». Y Ona Carbonell denunció que «tras las valoraciones hay política». Con el afán de defenderse, salpicaron su propio palmarés. ¿Resulta, pues, que las antiguas medallas eran consecuencia de una política y de un peso estructural que las beneficiaba, más que de su excelencia deportiva?

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