04 abr 2020

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ANÁLISIS

Cuando nadie habla de nosotras

Loles Vives

En el deporte también hablamos de una lucha de poder en el que ellos luchan por seguir llevando la voz cantante

En la lista de los cien deportistas mejor pagados del 2016, publicada por 'Forbes', solo figuran dos mujeres: la primera, en el puesto número 40 y la segunda, en el 88. Son las tenistas Serena Williams y Maria Sharapova. El machismo en el deporte es una evidencia, pero no es más que el reflejo del que está profundamente arraigado en la sociedad. Ni más ni menos. Sucede que al visualizarse en el escaparate de unos Juegos Olímpicos y difundirse por todos los rincones del planeta su existencia se amplifica.

Se ha escrito largo y tendido sobre los abundantes titulares, comentarios o transmisiones sexistas acontecidos durante Rio 2016: periódicos con 'rankings' sobre las deportistas más sexis, comentarios denigrantes hacia la mujer, minusvaloraciones ligadas al sexo femenino, fomento de la belleza por encima del valor deportivo, lenguajes discriminatorios… Nada nuevo, ni tan siquiera original. En los años 70, un periódico deportivo definió a las atletas de la selección española como "paticortas, bajitas y culonas” en comparación a “las esbeltas valkirias” de Alemania del Este. Yo era una de aquellas atletas a las que iba dirigida semejante perla. En el siglo XXI la tendencia pasa por ensalzar abiertamente los atributos eróticos o ligados a la belleza. ¡En algo  hemos avanzado! (ironía 'modo on').

Además de evidenciar la existencia de un machismo galopante, por suerte los Juegos también han servido para constatar que el deporte femenino no está reñido con el rendimiento ni el espectáculo. De hecho, el ejemplo de las deportistas españolas tanto ahora como en Londres 2012 debería avergonzar a toda esta ralea machista que puebla periódicos y emisoras: el 60% del cómputo total de medallas españolas y también el 60% de las de oro han sido conseguidas por mujeres. Pese a estos datos tan contundentes, lo más probable es que durante los próximos cuatro años las proezas del deporte femenino, por brillantes que sean, pasen nuevamente a un segundo o tercer plano y regresen a la invisibilidad.

PENSAR Y ACTUAR EN MASCULINO

Los medios de comunicación, como la sociedad, piensan y actúan en masculino. La presencia de mujeres en cargos directivos en prensa, televisión y radio es anecdótica, lo que también conlleva una excesiva presencia de periodistas 'florero', elegidas más por su apariencia que por su profesionalidad, aunque afortunadamente haya excepciones notables.

Lo mismo ocurre en los cargos directivos de entidades deportivas (federaciones, clubs, asociaciones…) o en los puestos de entrenadores o preparadores físicos: las mujeres escasean. Entre los 56 equipos participantes en las semifinales olímpicas de Rio, solo cuatro (un 7%) tenían a una mujer como entrenador. Y de estos cuatro equipos, ninguno era de categoría masculina. ¿Veremos algún día en España, Inglaterra o Alemania a una entrenadora en un banquillo masculino de Primera división? Seguro, pero por ahora solo hay un caso en todo el mundo: Chan Yuen-Ting, entrenadora del Eastern, que ganó la Premier League de Hong-Kong.

El socioantropólogo Gilles Vieille-Marchiset explica: “el principal factor es cultural. El deporte ha sido construido en torno a una forma de sexismo”. No es extraño. El fundador de los JJOO, Pierre de Coubertin, era un aristócrata muy avanzado en cuestiones pedagógicas, pero enormemente retrógrado en términos de igualdad entre hombres y mujeres: repudiaba el deporte femenino por considerarlo poco estético.

LOS EFECTOS DEL SEXISMO MEDIÁTICO

Recordemos el revuelo periodístico porque el nuevo plusmarquista mundial de 400 metros, el sudafricano Wayde van Niekerk, es entrenado por Ann Botha, una bisabuela de 74 años. ¿Qué hay de raro en ello? ¡Existen infinidad de técnicos de atletismo que superan los 70 años y también son abuelos y posiblemente bisabuelos! La única 'rareza' es que sea una mujer…

El sexismo mediático propaga la discriminación, generando graves consecuencias para las deportistas. Su menor presencia en los medios implica menos patrocinios, déficits salariales, baja estima social, mayor esfuerzo, compaginar los entrenamientos con otras fuentes de ingresos, menos descanso y mayor riesgo para la salud. Y, claro está, menor posibilidad de prosperar en los propios objetivos competitivos.

Alcanzar la igualdad en un futuro cercano se antoja complicado porque se trata de un fenómeno psicosocial ligado a aspectos culturales, prejuicios, creencias, comportamientos adquiridos... de difícil erradicación. Se va mejorando en algunos ámbitos, como en los premios a los vencedores en ciertas disciplinas, pero aún vemos grandes diferencias según el sexo, como denunciaron las futbolistas estadounidenses, campeonas mundiales, hace pocos meses. De hecho, cuando un club atraviesa problemas financieros los recortes acostumbran a empezar por sus equipos femeninos.

POLÍTICA EDUCATIVA EN EDADES TEMPRANAS

Por sí solas, las leyes no bastan. Con la declaración de Brighton (1994) y el llamamiento a la Acción de Winhoek (1998) se dieron pasos adelante en cuanto al fomento del deporte femenino y en la lucha por la discriminación, pero para seguir avanzando se requiere una política educativa en edades tempranas y confiar que las futuras generaciones estén libres de condicionantes. Las propias mujeres sufrimos este condicionamiento y a menudo actuamos de forma machista sin percibirlo. La educación nos ha marcado y seguimos tirando del carro en la cocina, cuidando a los hijos, organizando la fiesta de cumpleaños del abuelo o marcando diferencias con el color rosa. ¡Qué difícil es romper esta dinámica!

Cerraré el artículo con un tema que me llega al alma por mi condición de atleta. ¿Por qué en todas las competiciones las pruebas masculinas tienen un reconocimiento y despliegue superior al de las femeninas? En Rio, por ejemplo, todos sabemos qué ganó Usain Bolt, pero ¿saben quién fue la campeona del 'cien' femenino? ¿Saben que de haber ganado, la jamaicana Shelly-Ann Fraser habría obtenido un triplete olímpico como Bolt? Estábamos ante dos posibles hitos idénticos, pero en los medios solo existía un único protagonista.

El pretexto es que los hombres son más fuertes, rápidos, lanzan más lejos, saltan más y ofrecen actuaciones más espectaculares. ¿De verdad? Si en la pantalla no figurase el cronómetro, no habríamos apreciado la diferencia de velocidad entre Usain Bolt y Elaine Thompson, la vencedora de los 100 metros.

Esta es la tónica machista implantada desde que Adán y Eva fueron elegidos como el bueno y la mala de esta larga película. En realidad, hablamos de una lucha de poder en el que los hombres luchan por seguir llevando la voz cantante.