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¡Qué bello es votar!

Bernat Gasulla

Sánchez, al borde del precipicio, debe elegir entre malo o peor: dar el Gobierno a Rajoy o elecciones en Navidad

Pedro Sánchez, como el James Stewart de '¡Qué bello es vivir!', la joya de Frank Capra con que las teles nos hacían saltar la lagrimita al llegar la Navidad, se ha quedado al borde del precipicio. Asomado al vacío, afronta una dramática disyuntiva, fruto de un cruel chantaje: permitir que Mariano Rajoy sea presidente o abocar a los ciudadanos a una inédita y sofisticada tortura democrática. Nada más y nada menos que votar en Navidad. Toma castaña.

A Rajoy, como al ángel de '¡Qué bello es vivir!', tampoco le interesa que Sánchez acabe con sus días saltando al vacío. Para ello, le hace ver el futuro si no le permite gobernar. Los corruptos camparán a sus anchas, los especuladores harán de España un gran solar urbanizable, el capital huirá despavorido a tierras más amables, los antisistema y perroflautas llenarán el país de asambleas interminables... Un sinvivir. Es por ello que al líder del PSOE solo lo queda una opción. Olvidar sus prejuicios ideológicos, permitir que sus diputados se abstengan en la investidura que comenzará el día 30 y poder abrazar de nuevo a su familia, pobre pero feliz por haber salvado a la patria.

En este proceloso camino hacia la investidura se ha apelado demasiadas veces a la palabra 'patria' y a sus derivados. Albert Rivera, el cómplice necesario en el crimen navideño que se está gestando, ha pronunciado y escrito el vocablo 'compatriota' a discreción. Pues esos que tanto dicen querer salvar a la patria no dudan ni un instante en utilizar los recursos de los que les dotan las leyes para perpetrar una extorsión en toda regla. Si no estás conmigo, a las urnas en Navidad. Los hechos suenan fatal: aprovechamiento partidista de los recursos del Estado para presionar al rival político.

El que finalmente acabe siendo declarado culpable debería pagar la factura económica y social que supondría votar en Navidad. Lo que debería ser el ejercicio de un derecho ciudadano y la expresión de la soberanía popular (perdonen la extrema ingenuidad) acaba siendo un arma arrojadiza. Y quien la lanza ha ignorado absolutamente a los ciudadanos.    

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