El debate sobre género y poder

La feminización de la política

¿Tenemos las mujeres un bagaje que nos hace más sensibles a los problemas de convivencia?

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MARÍA TITOS

MARÍA TITOS

En una entrevista televisiva y con motivo del primer aniversario de su elección, la alcaldesa de Barcelona responde, en tono resolutivo y un poco indignada, la pregunta a propósito de las diferencias entre su gestión en el Ayuntamiento y la de Maragall, argumentando que no se trata en absoluto de una competencia para determinar quién lo hace mejor. Ante esta manera de ver las cosas (o de simplificarlas) proclama con contundencia: «¡Feminicemos la política!». Las razones que da para esta divisa esencial es que la función y la actitud de las mujeres en los puestos de poder ofrecen un modelo diferente sobre cómo hacer política en tiempos de crisis y constituye una firme alternativa en épocas de descreimiento y desmovilización. Frente a la perplejidad creciente de la ciudadanía, cada vez más escéptica y desconfiada hacia los estilos y las prácticas de gobernanza actual, la feminización de la política implicaría un modelo más abierto de escuchar a los actores sociales, de diálogo y de tolerancia; en definitiva, una manera mejor de practicar la política, tal vez más ética, más cercana a la gente, menos focalizada en los modelos ya gastados de rivalidad masculina.

MÁS SENSIBILIDAD

Al día siguiente me encuentro a un conocido del barrio, militante de la antigua Convergència, que corrobora con su experiencia de partido este hecho: «Todas las mujeres que he conocido con responsabilidad política han sido más serias en el trabajo, más concretas, más eficaces y también más dialogantes». En la facultad reencuentro a una compañera profesora que acaba de llegar de un viaje por EEUU. Me comenta con asombro y tono de reivindicación que muchos cargos académicos de gestión universitaria (decanatos, rectorados) están en manos de mujeres y que lo hacen muy bien. ¿Es posible que la feminización del poder -político, académico- represente una cierta promesa de un mundo mejor, más humano, más tolerante, una versión más lúcida del vínculo social? ¿Será verdad que las mujeres en general tenemos un bagaje -quizá por condiciones históricas y existenciales inevitables y heredadas- que nos hace más sensibles a los problemas de convivencia, a la necesidad de escuchar y dejar hablar, y que, en cambio, la dominación masculina en diversos ámbitos de la vida pública ha tenido consecuencias deplorables y condenables, sometidos como están los hombres a ser siempre más, más fuertes, más inteligentes, más competentes?

VIVIR CON LOS DEMÀS

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No resulta fácil responder a estos interrogantes, sobre todo porque hombres y mujeres siempre somos en plural, por nuestra manera múltiple y diversa de afrontar los problemas de la vida con los demás, que no deja de ser, en definitiva, el problema esencial de la política, tal y como la definió Aristóteles: ¿cómo vivir bien con los demás? Entonces, ¿podríamos decir que este asunto de la vida con los demás se puede definir desde dos versiones, la femenina y la masculina? Hélène Cixous, discípula del filósofo Jacques Derrida, denuncia «el orden falocéntrico» que ha discriminado a las mujeres, «inmovilizadas entre dos mitos horripilantes: la medusa y el abismo». Si miramos de frente, la medusa nos convierte en estatuas de piedra, su mirada «nos petrifica». El abismo sería un no-lugar donde dejar de existir para volverse invisibles. Difícil para las mujeres en plural revertir el orden establecido por lo que el sociólogo Bourdieu llamará «la dominación masculina», que no deja de ser una forma de definir la condición femenina, de historializarla. Cixous plantea que el concepto mujer en general, como una especie de esencia, no contribuye a «hacer hablar» a las mujeres en plural pero sí problematiza, para cada mujer en singular, la cuestión de la feminidad, y por eso pregunta: «¿Quién ser? Por más que recorra los siglos y los relatos que están a mi alcance, no encuentro ninguna mujer donde poder introducirme». En el sentido de Cixous y de Bourdieu, feminizar la política no presupondría una proposición general o igual para todas las mujeres. Hace falta pluralizarla, convertir este asunto en una pregunta para cada una de nosotras en relación a quienes somos y cómo rompemos con el estereotipo cultural de lo que significa lo femenino para hacer, en cambio, una versión en singular.

Feminizar la política, ¿cómo? ¿Siguiendo el modelo de la alcaldesa de Barcelona, de la cancillera alemana, de la presidenta brasileña, de la Madre Teresa? Según quién, podemos feminizar la política, pero ¿de qué versión de la condición femenina estamos hablando? En este terreno, pues, no hay nada escrito, ningún a priori susceptible de determinar la feminidad en general, sino una pregunta desde un oficio particular de ser mujer, rehuyendo los oráculos sociales y culturales sobre lo que está previsto para todas nosotras.