18 sep 2020

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Análisis

La pobreza no se toma vacaciones

La pobreza no se toma vacaciones

Teresa Crespo

España supera en 13 puntos la media de pobreza infantil europea y, a pesar de ello, invierte en paliarla menos del 1% del PIB

Cuando un tema pierde protagonismo en la prensa podríamos pensar que el problema se ha solucionado, pero desgraciadamente no es así. Cuestiones como los desahucios, la pobreza infantil, la pobreza energética, los refugiados o los muertos en el Mediterráneo, entre muchas otras, desaparecen de las portadas porque se convierten en habituales.

Una buena práctica para los medios en verano podría ser diversificar sus crónicas sobre cómo pasan las vacaciones ciertos colectivos –políticos, artistas, deportistas…– y contar también cómo lo hacen las personas vulnerables, cuyos problemas continúan siendo los mismos, en ocasiones incluso acentuados.

Los últimos datos macroeconómicos afirman que la situación mejora, pero ello no significa que la pobreza y la desigualdad experimenten la misma tendencia; por el contrario, estas variables crecen. El aumento de nuestro PIB en un 3,4% no se ha traducido en una mejora sustancial de la renta de las personas en riesgo de pobreza o exclusión, que todavía representan el 23,5% de la población.

POBREZA EXTREMA

Esta persistente situación nos obliga a hablar de una pobreza cada día más severa, más profunda y más extensa, con un mayor porcentaje de población empobrecida que, además, difícilmente podrá salir de las duras condiciones que sufre porque hace años que no encuentra trabajo, ha agotado las prestaciones que recibía, es víctima de la falta de inversiones sociales y ha visto recortados sus derechos. En definitiva, porque mejorar sus circunstancias no es el objetivo principal de las políticas económicas, que buscan el beneficio de unos pocos, ni de las fiscales, que no cumplen su función redistributiva.

Uno de los colectivos más preocupante son los menores en situación de pobreza, que pagan las consecuencias de algo que no han provocado y ven vulnerados sus derechos, entre ellos el de disfrutar de unas vacaciones. España supera en 13 puntos la media de pobreza infantil europea y, a pesar de ello, invierte en paliarla menos del 1% del PIB, cuando la media europea supera el 2%.

Ante un mercado laboral incapaz de crear ocupación para todos y el crecimiento de la polarización social, debemos buscar nuevas alternativas a las políticas actuales. Las ayudas a familias con hijos han demostrado su eficacia en más de un país europeo y, sin embargo, la renta mínima garantizada que llevamos tiempo reclamando sigue en el tintero. Una prestación de 1.200 euros anuales por hijo y el acceso universal a la educación de calidad desde los cero años serían medidas efectivas para cambiar la tendencia a una mayor desigualdad infantil que hoy nos atenaza.

SOLUCIONES GLOBALES

El esfuerzo de distintos gobiernos para garantizar el ocio veraniego infantil mediante el aumento de becas y ciertas experiencias de 'casals' y espacios de juego es encomiable, pero no nos engañemos: la responsabilidad de todos debería obligarnos a encontrar soluciones más definitivas y globales que ataquen las causas de las injusticias y las desigualdades.

Las iniciativas de urgencia social quizá nos permitan superar las situaciones más graves e inmediatas, pero hay que pensar en la vida de los niños y niñas todos los días del año para lograr que cada uno de ellos puedan desarrollar sus competencias, sus capacidades y su autonomía personal. Se trata, por tanto, de evitar el fracaso escolar, asegurar unos mínimos ingresos familiares para una vida digna y una alimentación adecuada, y garantizar que los menores crezcan como ciudadanos de pleno derecho, con un futuro no hipotecado por el presente de sus padres.