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DOS MIRADAS

Fusil en mano

Josep Maria Fonalleras

¿Llegaremos a acostumbrarnos a las calles frías, sin gente, custodiadas por las armas para evitar que esa gente que ya no circula por ellas sufra daño? ¿Llegaremos a acostumbrarnos a cambiar nuestros hábitos más pueriles por ese confinamiento tras las ventanas? ¿Cuál será la definición de tranquilidad, la del ejército patrullando donde una vez hubo cochecitos de bebé? ¿No nos damos cuenta de que la victoria definitiva de la barbarie se impondrá cuando nos abonemos a ella, tanto da si musitando que los 'otros' son culpables como renunciando al estilo de vida que nos define?

Steiner habló de Europa como el continente de las calles y los cafés, con todo lo que eso implica, pero los soldados -en Bruselas, el tuétano referencial, simbólico y administrativo- ocupan esquinas, fusil en mano. Los chalecos antibalas se imponen donde desfilaban los amantes, en esa ciudad que parece torpe y que fue paradigma de lo civilizado.

Josep Carner escribió el poema 'Bélgica' en el exilio, en 1952. Dibujó un escenario apacible, afable y bonhomioso. Una ciudad «con soldados casi de mentira, / donde todos se enternecieran de música y pinturas / o de la belleza del árbol japonés cuando florece». Los soldados ya no son de mentirijillas. Nada lo es. Siguen patrullando, fusil en mano, para proteger las calles vacías de una Europa desértica.

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