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Cómprese una familia numerosa

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Cómprese una familia numerosa

LEONARD BEARD

Me sorprende la poca empatía de los españoles en la polémica que afecta al mundo del taxi con la llegada de las empresas llamadas de economía colaborativa. Tengo mis dudas de que el modelo Uber pueda responder del todo a esa utopía. Los servicios públicos son una necesidad social de primer orden. La regulación que los ayuntamientos hacen del taxi, las farmacias, los quioscos y los puestos de helados responden a dos parámetros, la concesión a manos privadas de una necesidad, pero también el sometimiento a normas que por un lado protegen su explotación pero por otro marcan sus obligaciones. Dentro de un taxi, la autoridad del cliente está protegida por la concesión administrativa de un servicio. No parece que una empresa que dice lavarse las manos en la relación entre pasajero y conductor, pero se lleva un porcentaje del precio del viaje, ofrezca las mismas garantías al consumidor. Es cierto que en un principio puede romper el mercado y ofrecer tarifas más bajas por desplazamiento, pero una vez que haya impuesto su monopolio, como sucede con casi todas las grandes marcas de internet, abusará de su posición dominante y variará las condiciones de ese porcentaje, encareciendo el precio al viajero y reduciendo el margen de ganancia del conductor. Por no hablar de la falta de seguridad laboral de esos espontáneos que trabajan para un patrón difuso al que no pueden reclamarle nada. Más que economía colaborativa, podría llamarse empleo especulativo: trabajas para mí hasta que a mí me venga bien.

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A la mayoría de las personas que he visto encogerse de hombros ante el perjuicio que una red descontrolada de conductores provoca en los profesionales del taxi les guía en su indiferencia una cierta manía. Les caen mal los taxistas por malas experiencias personales. Cometen el error de juzgar a todo un gremio por sus peores elementos. Supongo que en ese mismo error habrán caído muchos taxistas, si han corrido a criticar a otros gremios por sus malos elementos o han opinado de políticos generalizando los vicios de unos pocos en todos transportando así sus prejuicios en cada viaje. Tampoco se solidarizaron con otros sectores cuando fueron machacados por el pirateo digital. Sin embargo, las buenas experiencias con taxistas parecen contar menos. Como si siempre tuviéramos que conformar la imagen de un grupo a partir de nuestras peores vivencias. Ese es un hábito sobre el que conviene reparar. ¿En qué nos basamos para conformar nuestra opinión? En la información personal de que disponemos.

Cuando surge alguna polémica con los taxistas cualquiera puede recordar una mala experiencia. Yo, en cambio, me acuerdo del padre de mi cuñado, que es taxista y le tengo por una persona cabal, noble, educada y generosa. Así que cuando oigo hablar mal de los taxistas me enfrento a las críticas y defiendo a mi pariente. Me sucede lo mismo con otros gremios: me basta con tener un familiar al que conozco y quiero en ese sector para comprender mejor su situación. Así que la conclusión es que para tener un cierto concepto equilibrado de la vida, lo mejor que podría hacer una persona es comprarse una familia numerosa. De este modo, cuando alguien le hablara mal de los taxistas, de los cobradores del seguro, de los inspectores de Hacienda, de los profesores, de los jueces, de los notarios, de los abogados, de los poetas o de los waterpolistas, podría contar con alguno en su familia y así el grado de afinidad subiría. Gracias a tenerlo en la familia conocería los problemas de su oficio, sus vicisitudes laborales y sus angustias. Como ya carecemos de solidaridad social y cada día nos dan más igual los otros y su desamparo, es la única receta que se me ocurre. Corran a comprarse una familia numerosa.