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Sé lo que hicisteis en la última investidura

Antón Losada

En la lógica del presidente en funciones solo debe esperar a que el tiempo le dé la razón y los demás ajusten sus expectativas

Se va cumpliendo el guión escrito por Mariano Rajoy. En público nos avisa que urge la investidura, pero sus hechos nos revelan que está jugando con las urgencias de los demás. Si anduvieran apurados de verdad, como durante aquella primera legislatura de José María Aznar, los populares habrían iniciado alguna negociación con alguien en vez de andar por los medios reclamando que les dejen gobernar. La estrategia marianista se basa en hacer lo que mejor sabe y siempre le ha rendido: sacar ventaja de las prisas de los otros.

Rajoy y su partido creen que el tiempo refuerza su posición negociadora. Solo ellos no temen a unas terceras elecciones e incluso parecen convencidos de que aún les iría mejor. Cada día que pasa, la situación se deteriora más y la presión ambiental sobre Ciudadanos y el PSOE se multiplica. España debe ser la única democracia europea donde formar gobierno constituye un problema a resolver por la oposición, no por el aspirante.

La comparecencia de Rajoy para aceptar el encargo real ofreció un manual sobre cómo achicar a los rivales. La multa comunitaria más publicitada de la historia de la Unión Europea finalmente no se impondrá. Portugal se salva pero en España no tenemos un minuto de respiro y ahora el fin del mundo será en el Parlament catalán. Si ya había que hacerle presidente para salvar las pensiones, atajar el déficit y acabar con el terrorismo internacional ahora, además, le necesitamos en la Moncloa para salvaguardar, otra vez, la unidad de España.

LAS CUENTAS A FAVOR

Las cuentas también favorecen al marianismo. Para seguir este folletín de la investidura, la nueva serpiente del verano, no se fijen mucho en cuanto digan o proclamen y no olviden jamás qué han votado cuando han tenido ocasión. A Pedro Sánchez le votaron 'no' cuando los números daban y los populares tenían menos votos y menos diputados. La constitución de la nueva Mesa del Congreso ha evidenciado la existencia de una mayoría de centro derecha que se ha asegurado el control del Parlamento. Enfrente apenas existe una difusa alternativa, que se cimentaría sobre el constante cruce de reproches entre una izquierda ensimismada y el aliento que le dan los nacionalistas para mejorar sus posiciones negociadoras con la derecha española.

Por si le quedaba alguna duda a la antigua Convergència ya se le ha dejado claro que, para satisfacer su expectativa de tener grupo parlamentario y protagonismo en Madrid, no basta con unos pocos votos vergonzantes para la vicepresidencia del Congreso. Si los nacionalistas vascos creen que van a aumentar sus rentas amenazando cada dos días con llevarse sus votos a la otra acera es que no saben con quién se la están jugando.

CONOCER A MARIANO

Si Albert Rivera cree que Rajoy le ha regalado su mayoría y dos puestos en la Mesa, concediéndole así un papel arbitral decisivo en la próxima legislatura, a cambio de una simple abstención es que no conoce a Mariano. Su pretensión de marcar con su treintena de diputados el destino de los más de 200 que suman populares y socialistas simplemente roza el absurdo.

Rajoy sabe que ni siquiera precisa sumar los 176 diputados que requiere un candidato para resultar investido. Le basta con quedarse lo suficientemente cerca para que a Pedro Sánchez no le quede más remedio que permitirle gobernar. En la lógica del presidente en funciones solo debe esperar a que el tiempo le dé la razón y los demás ajusten sus expectativas y entiendan que en política nadie regala nada y él menos que nadie. 

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