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Al contrataque

Sueños caros y baratos

Ángeles González-Sinde

Alguien nos ha dicho que merecemos más y nos lo hemos creído. Como en ese anuncio de cosméticos en el que una señorita sacude su melena y dice «porque yo lo valgo». En otra campaña publicitaria lo ratifican. Es la de Lotería Primitiva. Un tipo de voz chulesca nos relata su ilusión. En uno, ser panadero como su padre «y llegar a tener una cadena de panaderías por toda España, forrarme y tener cuatro cochazos y un pedazo casa y viajar pero forrado forrado». En otro, ser abogado, «estar en juicios, defender a la gente», para rematar con el mismo estribillo: «Tener un gran despacho y forrarme». El publicista ha pergeñado una coartada que cree universal: «No importa cómo empiecen los sueños, todos acaban igual». O sea, «tumbado en una hamaca, forradísimo. No tenemos sueños baratos», sentencia la cuña radiofónica.

Cuando lo oigo, me vuelvo por si hay menores en la habitación. No querría exponerlos a la pornografía del dinero. Lo chocante es que Loterías es una empresa estatal y sus empleados, los que encargan y aprueban las campañas, servidores públicos que están de acuerdo con el mensaje: la aspiración de todo español es obtener bienes materiales sin ningún esfuerzo y sin ningún fin. Esos son los valores que creen que compartimos: cochazos, mansiones, ningún otro objetivo, es decir, pura y dura cultura de pelotazo. Acaparar por acaparar.

La realidad afortunadamente es otra. A quienes les toca la lotería generalmente lo primero que hacen es ayudar a sus familiares a saldar deudas y vivir mejor. El bienestar tiene que ver con compartir con otros, conectarnos a los demás. La filosofía que hay detrás del personaje que farfulla «pffff» cuando piensa en el bote de la Primitiva se resume en todo derechos, ningún deber y, si se puede, evitar responsabilidades. Es el arte del escaqueo que tan nocivo ha sido para este país.

PELOTAZO VIGENTE

Esa publicidad considera que la cultura del pelotazo no ha desaparecido con la crisis, sino que sigue plenamente vigente. La escasez y las dificultades no nos han hecho más conscientes y sensibles a las desigualdades, sino, según ellos, lo contrario. Hemos sacado la conclusión de que salvaremos nuestro cuello sea como sea, aunque el único fin de amasar dinero sea gastar por gastar. Será por eso que algunos votan con tanto empeño al PP allí donde la corrupción ha sido mayor. Quizá porque, aunque no pertenezcan a la clase privilegiada, piensan que si les gobiernan se abre la posibilidad de que algo se les pegue. Como el tiparraco del anuncio de la Primitiva, si solo aspiramos a dinero nuestros sueños pueden cumplirse. La cuestión es si nuestro sueño es otro, el de un mundo diverso donde todos tengan, como poco, suficiente. Entonces, mucho me temo, se desmorona el estúpido eslogan.

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