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Gatos de Nueva York

Josep Maria Pou

Recién llegado de Nueva York hace un par de días, leo en este diario, como es mi costumbre, la columna del maestro Espinás, que en esta ocasión se extiende hablando de gatos a propósito de un artículo de Mar Gallardo sobre el gato Larry, funcionario cazarratones del 10 de Downing Street. Me sumo al tema de Espinás y Gallardo y escribo de dos gatos neoyorkinos a los que esta semana he rendido la visita obligada de todos los viajes.

Son dos viejos amigos. Por supuesto que ni me huelen, ni me conocen, ni saben de mi existencia en un lugar remoto, pero se acercan siempre, año tras año, en busca de la caricia del reencuentro. O a mí me lo parece y en esa ficción me mantengo, pobre iluso.

Uno es el mundano y elegante 'socialité' del Algonquin, el hotel más antiguo de Nueva York todavía en servicio. Digo uno y pienso que quizás sea una, porque no sé si es gato o gata. Si es gato se llama Hamlet y si gata Matilda, porque así lo quiere la tradición desde aquella noche de 1930 en que el animalito se coló en el hall del hotel y fue adoptado por los habituales del bar, entre ellos el actor John Barrymore, que lo bautizó como Hamlet. (Nadie recuerda el porqué de Matilda. Ella, enigmática, guarda su secreto). De entonces acá siete Hamlets y tres Matildas se han sucedido en el tiempo. Es impresionante verle sentado -si Hamlet- sobre el mostrador de recepción, atento a los vaivenes del 'check' in y el 'check out', o acurrucada -si Matilda- a los pies del atril que da paso al restaurante. Di buena cuenta de la Caesar Salad, apuré el Martini, la acaricié una vez más hasta el viaje que viene y me despidió con la mirada turbia, altiva y distante de una Dorothy Parker rediviva.

La otra -gata, esa sí, porque lo afirman sus dueños- se llama Allegra y reside entre los varios mostradores de C.O.Bigelow, la farmacia y perfumería más antigua, no solo de la ciudad sino de los Estados Unidos, que desde 1838 atiende a propios y extraños (habituales y turistas) en el corazón del Village. Allí acudo en busca de mi colonia preferida, que descubrí hace tiempo entre las más de 500 distintas que llenan sus vitrinas. Y allí me recibe Allegra, acicalada, quieta, atenta, la cabeza levantada, la mirada fija, regalándome esa sensación, de la que hablaba Espinás, de que año tras año me espera a mi y solo a mi.

Y yo, gato viejo ya, casi siempre escaldado, nunca resabiado, vuelvo a casa feliz, envidiando sus siete vidas. O no.  

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