04 jul 2020

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Dos miradas

Una ficción turca

Josep Maria Fonalleras

Más allá de las informaciones que se van sabiendo y de las conjeturas que podemos inducir, lo que es evidente es que el golpe de Estado de Turquía ha sido para Erdogan como ganar la lotería. Ni en los sueños más húmedos podía prever una situación tan favorable. Me atacan, reacciono con heroicidad, clamo para que el pueblo defienda la democracia, vuelo con valentía a Estambul, me pongo al frente de la reacción, compruebo que los míos han invadido las calles, proclamo el fracaso del golpe y... Y me dedico a purgar a los enemigos de una manera colosal.

Pero quizá sí que se la imaginaba, que la soñaba con deleite. Cuesta mucho no pensar en un Erdogan que calibraba la necesidad de un 'putsch' de estas características y que lo organizaba con detalle. Desde la perspectiva de los días que han pasado, esta posibilidad no solo es plausible sino que probablemente es, de tan estrambótica, la única que puede ser cierta. Al poder le gusta mucho hacer ver que se tambalea para luego demostrar que es coriáceo.

Ahora, aquellas imágenes del puente sobre el Bósforo, cortado por un par de tanques y un destacamento que llegaba en autobús, se nos presentan como ridículas. La escenificación casi vodevilesca de una pretendida revolución armada. Y aquel desesperado grito por FaceTime, la pantomima de un dictador. Sentado con el guionista, saboreando la crueldad de la humillación de los enemigos, Erdogan contempla ahora su éxito como el triunfo de la ficción.