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El segundo sexo

La cultura, patas arriba

Ángeles González-Sinde

La piratería encontró en España un gran caldo de cultivo porque el conocimiento nunca se ha valorado

Las tres coincidimos: si inesperadamente contásemos con un dinerito, haríamos alguna reforma a nuestra casa. Entonces recordé la película de 1959 de Fernando Fernán Gómez, La vida alrededor, en la que un matrimonio reforma su cochambroso pisito sin que aquello acabe nunca. En cada escena aparece un albañil bajo la mesa, junto a la cuna, en el cabecero de la cama. Como somos profesionales de la cultura, pensé si nuestra reforma soñada, no sería quizá una metáfora simplona de esa que no podemos hacer, la del sector cultural.

¿Y qué reformaríamos de la cultura? La lista es muy larga, pero tiene puntos muy evidentes. Uno, el IVA que tanto daña a las artes escénicas. Solo en la úlima semana dos prestigiosas salas alternativas, La Guindalera y Kubik, han cerrado en Madrid. Los espectáculos de más de dos actores son un lujo asiático porque las cuentas no dan para un elenco más amplio. No hablemos ya de decorados. La caja negra se ha vuelto omnipresente. Para amortizar las salas dan varios espectáculos al día, lo que obliga a escenografías sencillas y desmontables, cuando no intercambiables y los espectadores, lo sepan o no, llevan varias temporadas recibiendo menos por el mismo dinero. Faltan medidas de fomento que palíen las diferencias entre el teatro público, que cuenta con otros recursos, y el privado que ha ido retrocediendo en sus posibilidades.

Segundo, la piratería o, siendo más precisos, la competencia desleal, el mercado negro, la economía sumergida de la música, el cine y los libros que el Gobierno se ha negado a combatir en esta legislatura. Mientras nuestros productos puedan ser revendidos por quien le salga del moño sin solicitar permisos ni licencias, ni tributar, ni pagar seguros sociales, no habrá posibilidad de recuperación.

Por lo que respecta la música, se considera fabuloso que abunden festivales y conciertos, pero lo que significa es que hemos vuelto a la época de los juglares, como si las grabaciones ya no existieran. Y las grabaciones permitían, entre otras cosas, la difusión intensiva de los repertorios. Sin capital para promoción, los discos (o su versión actual en streaming) languidecen. Ahora son los músicos quienes de bar en bar, de escenario en escenario, llevan sus melodías hasta los oyentes con lo que el espectro de influencia de un artista nuevo o emergente se ve completamente mermado.

Es especialmente perjudicial para la música de nuestro propio país. Los artistas internacionales desarrollan sus carreras en mercados sanos y cuentan con el apoyo y la promoción de empresas extranjeras que ya amortizaron la inversión y pueden perder dinero aquí si mantienen la popularidad y una posición dominante. Igual ocurre con el cine. Nuestro debilitado mercado apenas ofrece retorno a las distribuidoras y aquello del pez gordo come al pez chico es todavía más grave. El pez gordo ya no deja nacer a los alevines con lo que la oferta cultural se hace más homogénea, menos variada.

En el Foro Barcelona Edita lo explicaban José Crehueras, presidente de Planeta, y Núria Cabutí, directora general de Penguin Random House: no guarda proporción el número de dispositivos electrónicos vendidos en España con las escuálidas ventas de libros digitales. Simplemente se piratean, pero no porque la gente sea malvada y no tenga conciencia de que en la industria editorial trabajan miles de personas, sino porque están disponibles gratis. Los niños y niñas nacidos en la era digital no saben ni que existe la opción de pago, porque, como decía el crítico musical Diego Manrique, es agua del grifo. Lo abres y salen canciones,  películas, libros. Pero a diferencia del agua de nuestras casas, ni hay contador ni facturas, con lo que también el valor simbólico de esos bienes se ha desplomado.

Los responsables de que de esos grifos mane agua robada no son los usuarios, sino quienes acaparan los depósitos sin pedir permiso a nadie ni remunerar a los fabricantes, pero ganándose un dinero muy rico y muy fácil, es decir, los titulares de esas incontables webs y, por extensión, el Gobierno que, teniendo los instrumentos, no las cierra.

La piratería encontró en España un excelente caldo de cultivo porque a lo largo de nuestra historia ni el conocimiento ni la cultura han sido valorados. Siglos de descrédito y sospecha se iniciaron con la contrarreforma. La omnipotente Iglesia católica y las monarquías se valieron de ella para controlar la educación y limitar el alcance de la Ilustración. Nuestro modo de pensar colectivo ve la cultura como ornamento, no como servicio público imprescindible al desarrollo de la sociedad. En esa mentalidad siguen lamentablemente nuestros dirigentes ya ocupen puestos de responsabilidad pública o privada. Y mientras no cambie esa actitud, siempre tendremos albañiles sin rematar sus chapuzas en nuestros endebles pisitos culturales, como le pasaba al personaje de Fernán Gómez. 

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