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Los SÁBADOS, CIENCIA

Genomas de una noche de verano

Manel Esteller

Todos somos hermanos gracias a unos genes egoístas que se tranforman para adaptarse a un mundo cambiante

Es verano. Por lo tanto intentaré ser poco pesado. No les daré detalles técnicos. No voy a entrar en maquinarias extrañas de nuestro cuerpo ni en la complejidad de sus alteraciones. Como estos días el cuerpo se relaja, la luz rebota por las paredes de las casas y la música ligera se escapa desde los balcones, quiero contarles un cuento. Un cuento sobre los genomas. Una historia que comienza así:

«Zahira jugaba con la vieja muñeca de trapo. Por la mañana se había bañado en la playa de Gaza. Tenía 11 años y los vecinos que se refrescaban en la costa parecían todos cortados por el mismo patrón. Piel morena y cabello rizado negro. Como el suyo. El de una princesa. Pero necesitaba más. Quería jugar con los vecinos del otro lado de la gran valla. Y con niños de más allá del chispeante mar. Y mezclarse con ellos. ¡Ay, si los padres escucharan sus pensamientos! Y de golpe sus ojos de montaña se abrieron mirando en la televisión ese anuncio...

Isaac metía su dedo entre sus rizos de cobre mientras miraba el Libro. De repente, se detuvo. Se alisó el vestido, tan limpio, tan puro, el que su madre ensalzaba tanto. Y una sombra de tristeza cruzó su cara: su hermanito también tenía la enfermedad. Tendría los mejores médicos de Tel-Aviv, pero aquella herencia familiar allí estaba. Hizo volar el avión que su hermano mayor, Samuel, le había regalado. Samuel estaba en la frontera, pero un día volvería. El avión hacía demasiado ruido y lo dejó en el suelo. Poniéndose de puntillas, desde la ventanilla de la habitación vio aquel anuncio...

UNA RECETA DE GENERACIÓN EN GENERACIÓN

Emma había terminado de hacer un pastel para la familia. Había seguido una receta que se perpetuaba de generación en generación. Inmutable desde que los fundadores se establecieron en Lancaster, en el estado de Pensilvania. Pero aquellos postres iban perdiendo aquel extraordinario sabor que habían tenido décadas atrás. A los turistas que los visitaban como en un zoo todavía les parecía bueno porque para ellos sí era diferente. Tenía sustancias nuevas. Distintos sabores. Pero para ella era insípido. Salió a la calle desconcertada. Caminó por la pequeña calle de casas de madera con una interrogación en sus labios tan delgados. Un visitante subió la radio desde el coche mientras Emma miraba a su familia, ellas con sus cofias y ellos con sus camisas blancas, tirantes y sombreros. Y de la emisora ​​salieron aquellas palabras...

Hans estaba sentado en medio de la plaza y se rascaba la cabeza. La colonia amazónica de lujo alojaba a unas 200 personas. La fundó en 1945 su bisabuelo y sus compañeros, de los que ya nadie hablaba ni quería hablar. Hans estaba terriblemente aburrido. Tenía 12 años y estaba harto de jugar con Greta y Franz. Todo era igual. Las imágenes diarias de otros niños dorados y de ojos azules le habían saturado. Y sus progenitores también estaban preocupados. La colonia no tenía el empuje de años atrás. Faltaba renovación. Entonces recibió aquella carta...

REUNIDOS EN UN CAMPAMENTO INTERNACIONAL

Nadie sabe cómo lo hicieron. Cómo convencer a sus padres. Cómo derrotaron a los prejuicios. Pero todos terminaron en ese campamento internacional. Zahira, Isaac, Emma y Hans, entre otros, se miraban con desconfianza. Pero entonces llegaron los monitores y los profesores de verano con lápices de todos los colores del mundo y comenzaron a pintar un gran planeta. Y de mezclar el color amarillo y el azul salió el color verde y de juntar el rojo y el amarillo en nació el naranja. Mientras pintaban, las manos de Isaac y Emma se tocaron y se miraron avergonzados. Pero secretamente contentos. Zahira y Hans les miraban entre risas.

Y Marc, el maestro de biología, lo miraba con satisfacción. Y en vez de ver solo niños jugando e iniciándose en el mundo de la adolescencia, en realidad no veía nada. Secuencias de ADN y genomas inicialmente aislados, endogámicos, que iban acumulando alteraciones para no mezclarse con material genético más alejado, un ADN que pronto comenzaría a transformarse, a enriquecerse. Y imaginaba el futuro de los niños, de aquellos niños, de unos nuevos genomas más fértiles, afortunados de tener una diversidad en su procedencia. Un genoma multicolor. Nuestro genoma. ¿Es que no notas cómo cambia?».

Puede preguntarse de qué va esta historia. Puede atribuirla a un calor extremo, un delirio febril. O quizá puede pensar que quiero transmitir la idea de que todos somos hermanos por nuestro genoma. Unos genes egoístas, como diría Richard Dawkins, que quieren adquirir nuevas capacidades fusionándose con combinaciones de nucleótidos alejadas de las habituales para evitar enfermedades hereditarias y adquirir nuevas habilidades para adaptarse a un mundo cambiante. Un planeta que se transforma igual que lo hace nuestro genoma. Si no les gusta esta justificación ni se creen esta explicación, siempre podré echarle la culpa a William Shakespeare y decir que todo este cuento no es más que 'El sueño de una noche de verano'. ¿Verdad, Puck? 

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