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El país más aislado del mundo

La apuesta nuclear de Kim Jong-un

Georgina Higueras

Se supone que Corea del Norte ya cuenta con unas 20 bombas atómicas del tamaño de la que EEUU lanzó contra Hiroshima

El régimen de Corea del Norte ha redoblado su apuesta nuclear hasta convertirla en la bandera de su defensa y de su política exterior, sin importarle las sanciones de Naciones Unidas ni el malestar que genera en China, país del que depende económicamente. El desafío del 'reino ermitaño' a la comunidad internacional ha sido constante a lo largo de 2016. Comenzó en enero con un nuevo ensayo atómico subterráneo, el cuarto; siguió en febrero con la colocación en órbita de un satélite militar y en los meses siguientes con pruebas de misiles. De ellas, cuatro fracasaron, pero tanto la realizada desde un submarino, como el último lanzamiento, el mes pasado, de un cohete balístico de medio alcance resultaron exitosas.

Kim Jong-un jalea cada uno de los pasos que da su Ejército en este campo y alardea muy por encima de lo que justifican los resultados. Así, tras el ensayo de enero, aseguró que Corea del Norte había alcanzado la capacidad termonuclear al explosionar una bomba de hidrógeno. Sin embargo, los sismógrafos surcoreanos registraron una explosión parecida a las anteriores, de unos 10 kilotones, aunque más profunda, lo que revela que los científicos la enterraron más porque esperaban una explosión mayor. Para la mayoría de expertos, la clave de la amenaza reside en que, a base de prueba y error, va avanzando y logrando un arsenal atómico más temible. Se supone que ya cuenta con unas 20 bombas del tamaño de la que EEUU lanzó contra Hiroshima en 1945 (16 kilotones) y que causó la muerte de 150.000 personas. Si el impredecible Kim Jong-un usase su arsenal para atacar Séul, una ciudad de más de 10 millones de habitantes a menos de 200 kilómetros de distancia de Piongyang y que alberga el cuartel general de las fuerzas armadas estadounidenses en Corea del Sur, provocaría una masacre de proporciones nunca vistas, superior a los 400.000 muertos o heridos por cada detonación de 20 kilotones.

Las dos pruebas de junio fueron con misiles Musudan, que tienen previsto un alcance de hasta 3.500 kilómetros, lo que les permitiría golpear la base norteamericana de la isla de Guam. El primero fracasó, como los tres anteriores, pero el segundo viajó cerca de 1.000 kilómetros antes de caer al océano, según detectaron los radares de las fuerzas de defensa de Japón.

UNA EXHIBICIÓN PARA AFIANZAR EL LIDERAZGO

La enorme actividad militar desplegada por Piongyang parecía una exhibición de fuerza dedicada a afianzar el liderazgo de Kim Jong-un, ante el VII Congreso del Partido de los Trabajadores, el primero que se celebra desde 1980. Los 3.000 delegados asistentes aplaudieron con frenesí las referencias a los avances armamentísticos. La continuidad de las pruebas acabado el cónclave ha puesto en evidencia la creciente importancia de la política nuclear en el país más aislado de la Tierra.

Tras las purgas desatadas desde su ascenso al trono a la muerte de su padre, Kim Jong-il, en diciembre del 2011, el tercero de la dinastía comunista instaurada por su abuelo y fundador en 1948 de la República Popular Democrática de Corea, Kim Il-sung, celebró en mayo el congreso del partido simplemente para exhibir el poder supremo que ejerce sobre sus súbditos. Con un país en bancarrota, cuyo comercio se realiza en un 90% con China, Kim Jong-un anunció -sin dar detalles pese a que habló horas- un plan quinquenal para reactivar la economía. Desde el 2013, sostiene que su política se basa en dos pilares: desarrollo económico y disuasión atómica.

LA MESA DE LAS 'CONVERSACIONES A SEIS BANDAS'

Todos los esfuerzos de China para que Piongyang vuelva a la mesa de las «conversaciones a seis bandas» -EEUU, Japón, Rusia, China y las dos Coreas— han sido nulos. El régimen norcoreano se levantó de la mesa en el 2009 y resultaron falsos los signos que dio en el 2012 de volver a interesarse en la propuesta de intercambiar su programa nuclear por abundante ayuda económica y un acuerdo de paz con Washington, ya que tras la guerra de Corea solo se firmó un armisticio y ambos países permanecen en estado oficial de guerra.

La frustración de Pekín es enorme porque, pese a ser el único sostén de su vecino, Kim Jong-un rompió la conexión directa al fusilar en diciembre del 2013 a Jang Song-thaek, su tío y número dos del país. Desde entonces las relaciones bilaterales marchan sin rumbo. China está atada de pies y manos para actuar enérgicamente. Solo permite que la ONU sancione al Gobierno, pero no a la población para evitar el colapso. Pekín teme no solo la avalancha de refugiados que se produciría sino que el dictador en su locura decidiese un suicidio nuclear colectivo.

Desconectado del mundo, Kim Jong-un desconfía hasta de su sombra. Su único empeño es la supervivencia de un régimen que no admite disidencias y se aferra al arma atómica como aval de futuro.

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