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'La Embajada', Justicia en Bangkok

Xavier Rius

La causalidad hizo que coincidiera ayer el trepidante final de la serie de Antena3La Embajada, ambientada en Tailandia, en el que es condenada a muerte por tráfico de drogas en un juicio sin garantías y casi ejecutada Ester, Úrsula Corberó, hija del embajador español, con el inicio de juicio en Bangkok al catalán Artur Segarra, acusado en Tailandia del asesinato del empresario David Bernat, cuyos restos aparecieron troceados en el río Chao Phraya.

Segarra, natural y residente en Terrassa, que huyó a Tailandia después de ser perseguido en España por su participación junto a un notario, en una red que estafaba a ancianos que, creyendo que contrataban una hipoteca inversa, acababan cediendo y perdiendo su piso, era un viejo conocido de los grupos ultras y neonazis catalanes. En 2007 formó parte de la candidatura de Plataforma per Catalunya (PxC) en Manresa y dio una conferencia en la ahora clausurada Librería Europa del barrio de Gràcia, bajo el título “¿Se comería su gato?”, en la que defendió el vegetarianismo de Hitler y los principios ecologistas del Partido Nacional Socialista Obrero Alemán de Adolf Hitler. Un ecologismo que predicaba el respeto a ciertos animales nobles, pero que en lo referente a la especie humana, propugnaba una justificable y predeterminada  supremacía de los fuertes, frente a los débiles e inferiores. También formó parte durante un tiempo de los Boixos Nois.

Los que conocen a Segarra coinciden en que es una persona con una gran capacidad dialéctica capaz de convencer al otro de cualquier cosa y, hasta hace poco, quién sabe si por esta predeterminación evolutiva en la que creía Hitler, se había salido siempre con la suya. Y sorprende de las fotos e imágenes que llegaron, primero de su detención y ahora del inicio del juicio en Bangkok, que aparezca sonriente como si la cosa no fuera con él. Mostrando sus tatuajes en el cuello y pecho de la Sagrada Familia y Barcelona, parece convencido que, en contra de lo que apuntan las pruebas y testigos, él no mató ni descuartizó a Bernat, y el dinero del difunto que llegó a su cuenta corriente no fue fruto de las torturas que alguien le infringió para que diera las contraseñas de las cuentas corrientes.

 Segarra, perteneciente hace menos de una década a los círculos ultras de Terrassa, fue candidato de PxC en Manresa, porqué había un gran distanciamiento entre los ultras de Terrassa con los del resto del Vallès Oriental. Mientras los ultras de Sabadell o Barberà eran de Brigadas Blanquiazules del Espanyol, castellanoparlantes e hijos de la inmigración andaluza, los de Terrassa eran mayoritariamente de familias catalanas y forofos del Barça y los Boixos Nois, y consideraban “quillos” al resto de ultras vallesanos. Se relacionaban con los ultras de Manresa que por muy de Plataforma que fueran, tenían los ocho apellidos catalanes.

A Segarra se le pide la pena de muerte, como a la que se condenó ayer en la ficción de Antena3 a Ester, en una trama que diez minutos antes del final de la serie parecía que iba a condenar a todos los inocentes, y mientras los diplomáticos y empresarios españoles corruptos se salían con la suya, el sistema judicial español y tailandés castigaban cruelmente a Luis, el embajador que encarna Abel Folk, y a su hija Ester, recibiendo ya la inyección letal en la sala de ejecución.

Decía ayer Abel Folk, en una entrevista emitida tras el fin de la serie, que mucha gente le decía que se indignaba con la evolución de la trama por lo injusta que era y la facilidad con que triunfaba el mal encarnado entre otros por Eduardo, el Ministro Consejero de la embajada, que interpreta Raúl Arévalo. Y es que en mientras en la España real, los políticos, empresarios funcionarios y diplomáticos corruptos, poco a poco van cayendo, en la trama de la legación diplomática en Bangkok, sólo caían, morían o acababan en cárceles españolas o tailandesas los honestos.

La serie, que se suma así a las excelentes producciones televisivas de ficción españolas producidas estos dos últimos años, como El Príncipe, El Caso –¡qué pena que no continúe!-, Bis a bis, o la catalana Nit i Dia, terminó ayer encogiendo el estómago al espectador hasta el último segundo, con la brillante Úrsula Corberó –que tanto ha crecido desde Física y Química- recibiendo resignada, pero en paz, la inyección letal. Fue un final similar al de “Ejecución inminente” de Clint Easwood, que en la realidad no hubiera sido así, dado que en Tailanda sí que hay en las cárceles numerosos occidentales condenados por tráfico de drogas, pero desde hace unos años, para mejorar la deteriorada imagen de su sistema judicial, no se ejecuta ninguna pena de muerte que son conmutadas por la cadena perpetua. Y, en ocasiones, la expulsión del país de traficantes occidentales condenados al cabo de unos años de cárcel, es un elemento más de las negociaciones comerciales de Bangkok.

Evidente la pena de muerte no es deseable ni justificable en ningún caso. Segarra siempre sonríe ante las cámaras, jueces y policías, creyéndose sus razones y su discurso como cuando presuntamente estafaba ancianas. Pero por más que sonría, nada hace pensar que vaya a ser absuelto del asesinato, torturas, extorsión del empresario David Bernat. Y en el caso probable que la condena quede en cadena perpetua o treinta años, si hay un hipotético indulto y extradición a España, su destino será cumplir la pena por la estafa por la que huyó de España. Entonces deberemos confrontar su eterna sonrisa con las lágrimas de las personas que por creer en él y su capacidad de palabra, lo perdieron todo en la vida real.

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