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Al contrataque

Bailar sola

Milena Busquets

Uno de los juegos que más me gustaban de niña era el 'picaparet', creo que en castellano se llamaba 'Un, dos, tres, al escondite inglés'. Al principio del juego se elegía un guardián que era el encargado de custodiar la pared. Los demás jugadores se situaban a cierta distancia. El objetivo final del juego era ser el primero en tocar la pared o el hombro del guardián e inmediatamente salir pitando para que este no te atrapara.

El guardián se ponía de cara a la pared y decía: «Un, dos, tres, 'picaparet'» y se daba la vuelta repentinamente. A los jugadores que pillaba moviéndose los devolvía al punto de salida, los demás podían seguir avanzando.

A mí siempre me pillaban. Estaba tan excitada y emocionada por llegar a la meta, por avanzar más, tan preocupada por salir disparada después, que apenas sí veía u oía al que hacía de guardián que, cada vez que se daba la vuelta, indefectiblemente, decía: «Mileeeeeena». Y entonces vuelta a empezar.

De adulta, me ha seguido pasando lo mismo. He seguido bailando, a veces, cuando ya no había nadie delante de mí para acompañarme, incapaz de frenar el impulso, la carrerilla, la euforia de estar bailando. He pensado que estaba en el salón de baile de 'El Gatopardo' o bien en un concierto de Adele o de Manel o de U2, rodeada de gente, con un compañero de baile maravilloso, con la mejor banda del mundo tocando para nosotros, a salvo por fin de todas las intemperies y de todos los terremotos, y, de repente, se ha detenido la música, he mirado a mi alrededor y he visto que no había nada, que todo el mundo ya se había marchado, que había vuelto a perder la partida, que bailaba sola en medio de un desierto, que me seguía moviendo cuando ya todos se habían detenido, como cuando era niña y jugaba a 'picaparet'.

LA FUGA DEL BAILARÍN

Y de nada sirve chasquear los dedos para ver si vuelven las canciones o invocar al sol para que salga de nuevo o intentar recrear con las volutas de humo del cigarrillo al bailarín que con sus pasos de baile iba a impedir para siempre jamás que ningún mal nos tocara. El bailarín se ha marchado hace rato, tiene los pies magullados y está cansado y sudoroso y tiene ojeras.

O tal vez tiene ganas de meterse en otro baile más movido o más tranquilo o distinto, o bien en otro baile, sin más. Como mucho, te observa ahora desde la barra, con cierta pena y nostalgia anticipada, pero sin demasiada piedad (lo sé porque algunas veces también he sido yo ese bailarín).

Y hay que empezar de nuevo, quitarse aquellos zapatos de baile, salir titubeando al exterior, acostumbrarse otra vez a la luz cegadora y volver a buscar, una vez más, penosamente, alguna razón para ponerse a bailar.

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