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Al contrataque

El impacto y la relevancia del futbol en nuestras sociedades es total. En él, son fácilmente detectables los modelos de excelencia y con él, muchos ciudadanos encuentran motivos de pertenencia e identificación que cada vez se les fueron volviendo más escasos en otros ámbitos. Lo superficial, por inmediato, simple y compartido, se torna cada vez más profundo para un coro cada vez más infantil. La camiseta y el 10 son hoy símbolos más emocionantes que muchas banderas. Canalizadores y catalizadores de mucha urgencia y sentir popular. El colectivo entiende que la victoria de su equipo le redime de otras derrotas más silenciosas, y que tras una camiseta experimenta mágicamente, luz y orgullo. Hoy por ejemplo, la excelencia del Barça supera de largo a la que luce el Govern y por extensión, 'la Roja' ha sido más admirada que el Gobierno. Los equipos son para muchos versiones mejoradas y transportadas de las patrias.

Y en Argentina, más. Allí el futbol hace tiempo que se consume desde la urgencia permanente. Es la cataplasma más rápida para apaciguar el dolor. Maradona fue metadona para el síndrome de abstinencia de las Malvinas y el coro se sentía proyectado en su éxito en la cancha y en su quilombo personal fuera de ella.

Y entonces llegó Messi. Un extraterrestre. Talentoso como ninguno, nunca fue el bravucón que quiso ir construyendo a voces su leyenda. Creía que le bastaban los goles y la pulverización de récords. O, tal vez, ni lo pensó. Messi solo jugó a fútbol. Pero, como a todos, también le gusta que le quieran. Y él dio mucho. En cambio, ser el número uno también con Argentina fue una imposición. Ganar, una obligación, y perder, estar en permanente tela de juicio para la hinchada, la prensa… o Maradona. Y claro, con amigos así, quién necesita enemigos… Messi no ganaba pero aguantaba la critica injusta y las carretas de bilis del coro.

ENSEÑAR EL CARÁCTER

Hasta que Messi se hartó. Y, por fin, se puso por encima de los que le abroncaban parapetados tras una bandera. El caso es que a todos aquellos que lo menospreciaban por no tener carácter Leo se lo enseñó. Ya está. No más. Se quedaron sin juguete, sin excusa, sin pararrayos, sin saco al que darle. Para el coro que menospreciaba al solista llega el reto.

En general, sin trabajo, estrategia, sistema, honestidad y esfuerzo, se consigue poco colectivamente y no se construye nada duradero. Pero cuando además se machaca y se desprecia al talento es cuando te instalas en la mediocridad. Con Martino, Messi tampoco ganó nada en Barcelona. Y ahora miren qué talento tienen y cómo trabajan sus compañeros en Barcelona, y cómo les dirigen, para entender lo que le falta a Argentina. Aunque ahora además les va a faltar el mejor. Ya está. No más. Así es cómo destruye y se destruye el coro. Y Messi seguirá reinando...

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