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Artículos de ocasión

Los puñetazos más valiosos

David Trueba

Al morir Muhammad Ali no fueron pocos los que pasaron por alto las reservas frente al deporte que le vio reinar para fijarse en los valores de insumisión y coraje de su gran personalidad. Los que crecimos al calor de sus triunfos nos acostumbramos a entender que cuando alguien rompe el molde paga un alto precio por ello. La negativa a alistarse en la guerra del Vietnam, su conversión a una religión hostil en su país y su lucha radical contra la marginación racial convirtieron al boxeador en un personaje tan atrayente como controvertido. Muerto entre loas y lutos oficiales, en vida fue odiado y acusado de antipatriota hasta que la enfermedad y la vejez lo domaron y pasó a ser un Copito de Nieve en el zoo del poder. Fue un héroe incómodo, un altanero y desafiante fanfarrón, pero rebosante de magnetismo. Capaz de reducir el espectáculo que le hizo rico, famoso y enfermo crónico a una sencilla ecuación: una masa de blancos mirando pegarse a dos negros. Hay que tener coraje para decir algo así mientras te pesan en la balanza y estás a punto de batirte por el título.

Los elogios a la pasión cívica de Ali coincidieron con esa polémica por la prohibición de llevar banderas esteladas a los estadios de fútbol, promovida en balde por una alto cargo encantada de agitar el río para pescar sus peces. Preguntado por ello un futbolista maravilloso, hizo una declaración idéntica a la de un baloncestista cuestionado en conflictos similares meses atrás. La frase del deportista dice así: “Sobre esa polémica no voy a decir nada, porque no quiero que mis palabras sean malinterpretadas”. No, esa frase jamás se la habríamos escuchado a Cassius Clay cuando éramos príncipes. Cualquiera entiende el deseo de mantenerse ajeno a las polémicas nacionales, que no te salpique la basura con la que lidiamos a diario. Pero si alguien malinterpreta tus palabras, no es cuestión de dejar de hablar, sino de exigir que dejen de malinterpretarte, ser claro, preciso, contundente y no aceptar que callarse es el único buen negocio posible.

Muchos niños nos formamos en la admiración a las libertades cívicas con el ejemplo de la Norteamérica rebelde. Aquellos que se enfrentaban al sistema en nombre de la libertad de pensamiento y el derecho a la expresión de tus ideas. Alcanzada la democracia, la desvirtuamos si la consigna es callarse, no pronunciarse, seguir haciendo caja ajenos a la participación civil. Los negros seguirían sin derechos, los jóvenes alistados en las guerras contra su voluntad, la mujer sometida al marido y los homosexuales en el armario. La libertad de expresión no existe si hay razones poderosas para callarse, para temer hablar, para poder expresarte sin ataduras, sin miedo al castigo social. Existe la simulación de libertad, que es mucho más dañina que la dictadura y la coerción. Porque nadie se da cuenta de la trampa, de la mordaza que nos silencia. Uno tiene derecho a equivocarse, a estar en desacuerdo con la mayoría, a participar en los debates públicos, a expresar razonablemente sus posiciones. No hacerlo, elogiar que no se haga, sostener que no se hace por miedo o por conveniencia sin cuestionarse si eso es decente nos perjudica y nos condena a un tiempo mucho más oscuro y vil que el que Muhammad Ali contribuyó a derribar, no tanto con los puñetazos soltados en su azarosa vida deportiva, sino con los puñetazos en la cara de la hipocresía del poder que soltó con su decisiva imagen pública. 

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