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La feminización de la pobreza

Pobres y precarias

Laura Pérez Castaño

Para frenar la vulnerabilidad social y económica de las mujeres hay que ir más allá de la simple asistencia

«Hace un año que estoy apuntada a pisos de protección oficial, pero no he tenido suerte. De alquiler de la habitación tengo que pagar lo que me piden porque en muchos sitios no aceptan al niño». Este es el testimonio de una de las mujeres que han participado en la elaboración de Estrategia contra la feminización de la pobreza y la precariedad del Ayuntamiento de Barcelona, cuyo objetivo es revertir las situaciones de vulnerabilidad social y económica que se dan entre las mujeres. El consistorio ha querido ser el altavoz de las experiencias -duras y cotidianas- de muchas mujeres en nuestra ciudad. Y hemos trabajado a lo largo de siete meses analizando estas situaciones, a la vez que fijando un plan para comenzar a erradicarlas.

En Barcelona, las mujeres son la mayoría del 28% de la población que se encuentra en la pobreza o en riesgo de exclusión. De aquí que hablemos de feminización de la pobreza y de la precariedad como fenómenos que no son recientes ni producto de la crisis, aunque sí se han visto agravados por ella. Se evidencia en la pérdida de derechos fundamentales, en la dificultad de acceso a la vivienda, los recortes en educación o el impacto negativo en la salud. Y, obviamente, en los efectos de la flexibilización de las condiciones laborales, que parcializan y precarizan las pocas oportunidades que ofrece el mercado laboral. Un mercado que además nos castiga y penaliza por ser madres o cuidadoras de dependientes. Somos pobres y precarias desde la asignación de funciones tradicionales de género a hombres y mujeres, y por ello el análisis de género de la pobreza más allá del acceso, manejo, producción y disfrute de recursos económicos debe tener en cuenta otras dimensiones, como la falta de tiempo, la sobrecarga de trabajos o el estado de salud.

POLÍTICAS DE BIENESTAR

Con toda certeza, las mujeres pobres han sido siempre las pobres más invisibles. También lo son sus dificultades y sacrificios, como el tiempo para cuidarse a una misma o las redes sociales y de amistades: «Los fines de semana, si se queda con su padre o mira la tele, dibuja… yo tengo tiempo para mí, para lavarme el pelo o pintarme las uñas», explica una de las participantes en las reuniones. Cada día escucho historias personales de quienes, después de toda una vida trabajando, apenas alcanzan a sobrevivir con miserables pensiones; familias monoparentales (mayoritariamente mujeres) con serias dificultades para llegar a fin de mes y que lo hacen con mucho esfuerzo, sacrificando su tiempo y muchas veces su salud. Por ello, desde el Ayuntamiento de Barcelona hemos establecido como prioridad la generación de políticas de bienestar basándonos en la lógica del empoderamiento. Y por tanto, uno de los ejes transversales que vertebran la citada Estrategia es el imprescindible refuerzo de la participación sociopolítica de las mujeres. Otro de los ejes fundamentales es el reconocimiento de la diversidad de contextos. Factores como la desigualdad de género, el origen, la clase, la diversidad funcional o la edad son clave para abordar las dificultades específicas y para responder de manera contundente a la multitud de situaciones en las que se manifiesta la pobreza. «En mi país trabajé en limpieza y como camarera, pero eso era a los 20 años; ahora no tengo el cuerpo para eso». Así explica su relato de vida otra de las participantes, sirviendo de ejemplo a las dificultades añadidas para acceder al mercado laboral de una mujer, si además es migrante, de edad avanzada y con personas dependientes a su cargo. Pero si hay un elemento que nos parece clave en la lucha contra la feminización de la pobreza y la precariedad es la atención a la esfera de los cuidados como imprescindible para el sostenimiento de la vida y la economía. Este conocimiento y reconocimiento nos permite poner en marcha medidas de impulso de la corresponsabilidad real en el trabajo doméstico y de los cuidados por parte de todos los sectores sociales que deberían implicarse: los hogares, la comunidad, el sector privado y, desde luego, la Administración pública.

MÁS ALLÁ DE LA ASISTENCIA 

En definitiva, para que la lucha contra la pobreza y la precariedad sea efectiva hay que ir más allá del modelo de asistencia. Para ello, los sujetos de las políticas deben incorporarse a los diagnósticos y a las decisiones sobre el reparto de recursos, potenciando así una ciudadanía activa y corresponsabilizada con el resultado de sus decisiones y acciones, y unas políticas próximas y adaptadas a las realidades sociales múltiples. Y hacerlo desde la mirada de la economía feminista, la economía social y solidaria, concluyendo que en un mundo sostenible la vida y las personas han de estar en el centro de la economía. Esta es la lógica intrínseca que guía nuestras propuestas, y aquella en la que cualquier Administración se debería reconocer.