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La rueda

El fútbol de la política

Antón Losada

Todos los aficionados al fútbol sabemos que el balón es el amo. Si la pelota entra, cualquier delantero o entrenador parece un 'crack'. Si da en el palo o sale desviada, se quedan en paquetes. La política se parece mucho a eso. La diferencia entre un líder carismático o un zoquete se reduce a algo tan volátil como que los votos entren o no en las urnas.

El mismo Mariano Rajoy que hace nada se nos pintaba como un candidato derrotado que había perdido la iniciativa y se encaminaba hacia una muerte segura, con amigos como Aznar preparándole el funeral, ahora poco menos que parece el autor de 'El arte de la guerra 2.0'. Casi los mismos que se reían de sus trabalenguas o sus indecisiones aplauden ahora enfebrecidos al estratega y al hombre de Estado a quien se debe dejar gobernar porque sí, porque es el mejor.

El mismo Pablo Iglesias que hasta ayer todo cuanto tocaba lo convertía en oro y del que nos contaban que estaba refundando el márketing y la comunicación política, la televisión, la política y la democracia en general, hoy se nos describe como un líder que ha llegado al límite de su propio liderazgo, acosado por los debates y los rivales internos y víctima desconcertada de su propia ambición.

Rajoy sabía que no le iban a dejar gobernar, que sus rivales no se iban a poner de acuerdo y que sus votantes son los más fieles. Pablo Iglesias vio la oportunidad de superar a un PSOE que lleva años ganándoselo a pulso y quiso acelerar la historia. Rajoy ganó porque gasta décadas en esto y conoce muy bien a los suyos. Iglesias perdió porque la evolución que quiso hacer en tres meses necesita al menos una legislatura y querer ganar no basta para explicarla. Pero ambos han jugado un gran partido, y a mí en política me pasa como en el fútbol, me gustan los que juegan con criterio; si ganan o pierden me preocupa menos.

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