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Al contrataque

Yo, tú, usted

Milena Busquets

No me importa que me traten de señora, pero a lo que aspiro es a ser una dama, que es el femenino de caballero

Hace años que en algunos sitios me tratan de «señora». Antes incluso de llegar a los 40 ya me ocurría en algunos establecimientos, sobre todo, curiosamente, en los que había frecuentado desde niña con mi madre. Al parecer, con su muerte heredé también el título de señora. Ni me importa, ni me abruma, y cuando me lo dicen, rara vez les corrijo. Tampoco corrijo a la gente que dice mal mi nombre, o solo las tres primeras veces, después ya me quedo con «Mireia», «Malena» o el nombre que les dé la gana.

Las pocas veces que he intentado explicarle a un dependiente que yo no soy una señora y que no quiero serlo, que una señora para mí es alguien convencional y carca y aburrido, y que yo, en todo caso, aspiro a ser una dama, que es el femenino de caballero, o sea, alguien honorable, leal, compasivo, valeroso, sabio y honrado, me han mirado como si estuviese loca y me han ofrecido una croqueta.

Mi amigo Paco, en cambio, es un poco lo opuesto a mí; viniendo de una vieja familia de aristócratas, jamás dice su apellido de buenas a primeras y trata a todo el mundo de tú. Hoy me ha acompañado al banco para hacer unas gestiones y cuando la banquera le ha preguntado su nombre, ha respondido simplemente: «Paco».

Yo, que estaba un poco aburrida e irritada porque no me gustan los bancos, he exclamado:

-¿Cómo que Paco? ¿Qué pasa? ¿Que trabajas en un McDonalds?

La banquera y él me han mirado atónitos.

Yo he continuado, exaltada:

-Todos tenemos un nombre y un apellido, ¿no? -la banquera ha asentido muy seria. Paco ha empezado a reírse-. Menos los que trabajan en McDonalds, que en su chapa solo pone el nombre, pero que en realidad también lo tienen. Y está muy mal que no lo ponga en la chapa. Nadie es solo Pepe o Paco. Nadie.

-Ya, ya -ha dicho la banquera-. Pero mira, volviendo a los impuestos…

-Y otra cosa -he dicho yo-. ¿Qué es eso de hablarle de tú a todo el mundo? Ahora igual todavía no sea lo bastante vieja, pero dentro de cuatro años ya seré viejísima y querré que las dependientas me hablen de usted. ¿No veis que tanto «tú» empobrece la lengua? No podemos perder el «usted».

Paco me ha mirado y ha dicho:

-Hasta que no dejemos de llevar chanclas no podemos pedir que nadie nos hable de usted.

He pensado que tenía un poco de razón y que, francamente, entre las chanclas y el «usted» de momento me quedo con las chanclas.

Antes de salir del banco me he disculpado con la banquera, pero me ha dicho que ella también era de letras y que lo entendía todo perfectamente. Y que pensara en el plan de pensiones. Es la primera vez que me siento tan comprendida en un banco. Creo que mañana volveré.

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