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 Leo Messi se lamenta tras fallar el penalti frente a Chile.

EFE / DAVID FERNÁNDEZ

Cuando solo se puede ganar o ganar

ALBERT GUASCH

Cuando hay partidos que solo se pueden ganar o ganar, y se pierden, se corre el riesgo de que se produzcan incendios del tamaño de la frustración. O la rabia. Al menos en Argentina, donde el fútbol de la selección se dramatiza hasta el exceso. Messi es un futbolista frustrado. O enrabietado. Nunca más volverá a ponerse la zamarra albiceleste,ha asegurado. Arde el país. Como él arde por dentro. No se podía perder. No otra vez. Y acostumbrados como estamos a recibir desde Argentina reacciones hiperbólicas de los hinchas, los comentaristas o incluso los exfutbolistas, la declaración en caliente del mejor jugador de la historia rima con la grandilocuente desilusión de todo un país.

Messi parece contagiado de la locuacidad característica de sus compatriotas cuando juega con la camiseta nacional y osa incluso a criticar a su federación, de la misma manera que la contención de aquí le acompaña cuando viste la azulgrana. Enmarquemos esta toalla que tira a una ventolera.

Que se coja unas vacaciones, se serene y vuelva a Barcelona a recuperar su grandeza. Y mientras allá apagan su incendio, algún ajuste habrá que hacer aquí por Sant Joan Despí para afinar sus penaltis.

Que corra ahora el tiempo y el Tata Martino (o quien sea) se las apañe unos partidos sin él. Ya llegará el momento oportuno de poner el titular de su vuelta con la selección. Le queda mínimo un Mundial.

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