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Inventario de la memoria

La plaza de Tahrir en febrero del 2011. 

EFE / CÉSAR DE LUCA / AP / RAHMAT GUL / REUTERS/ AFP / MOHAMMED ABED / AFP / STRINGER / AFP / AP / BELA SZANDELSZKY

Cinco años de imponerse la muerte

Najat El Hachmi

El espíritu de las primaveras árabes sigue vivo pese a que muchos han tenido que huir de su país

He encontrado por casa un haz de periódicos del 2011 que habían quedado olvidados en una caja. Tropezar con un periódico pasado es hacer una inmersión repentina en la memoria, una inmersión obligada por el objeto, no buscada expresamente.

¿Y qué pasaba, pues, en el 2011? El comienzo de ese año fue esperanzador. A principios de febrero vivimos días esperando con emoción contenida el derrocamiento de Mubarak en Egipto. Ya había caído Ben Ali en Túnez, era posible. Parecía que el mundo entero acompañaba en corazón y ánimo a los manifestantes de la plaza Tahrir. Finalmente cayó el dictador y un grito ensordecedor de alegría recorrió los países árabo-musulmanes. Pero la sonrisa de aquella revolución pronto se nos truncó en los labios, unos meses más tarde ya empezamos a tener fotografías sangrientas provenientes de Siria.

El espíritu de aquella revuelta, sin embargo, sigue vivo, no han desaparecido los anhelos de mejora de las condiciones de vida ni la necesidad de ser gobernados por regímenes menos corruptos y autoritarios. Solo que muchos de los que se manifestaban entonces ahora se esfuerzan por sobrevivir, para escapar de la muerte huyendo hacia las puertas cerradas de una Europa egoísta y amnésica, incapaz de actuar en base a sus valores fundacionales.

15-M Y ELECCIONES

En el 2011 nació el 15-M, pero también fue el de unas elecciones generales que han marcado nuestras vidas desde entonces. La mayoría absoluta obtenida por el Partido Popular significó el comienzo de una etapa aún más oscura que la precedente, la de los primeros años de crisis. Teníamos miedo en ese momento, mucho miedo, viendo cómo nos costaba respirar en medio de la polvareda generada por el derrumbamiento de todo nuestro mundo. Un mundo, el del crecimiento económico y la burbuja inmobiliaria, en el que nos hicimos adultos.

Muchos vivíamos en precario, no hay que olvidarlo, pero que el contexto no lo fuera nos hacía creer que podíamos tener esperanzas de mejora, de ascender socialmente, que el esfuerzo y el sacrificio nos llevarían al siguiente escalón, donde disfrutaríamos de la cobertura mínima de nuestras necesidades vitales y de una seguridad que nos permitiría proyectarnos al futuro, pensar por fin qué vida queríamos vivir. Estábamos tan seguros de las posibilidades de ese camino ascendente, que no dejábamos de hacer másteres, posgrados y cursos para prepararnos para un futuro prometedor.


Muchos de nuestros compañeros de formación hace años que han emigrado y ahora se les impide incluso poder ejercer su derecho al voto desde el extranjero. En el 2011 estábamos todavía demasiado asustados para reaccionar, el desconcierto condujo a muchos votantes a confiar en la supuesta seguridad de un Gobierno conservador que prometía solucionarnos todos los problemas. Lo que no debería imaginar un número importante de votantes circunstanciales del PP es que aquello sería el inicio de una época todavía más oscura, de un contrataque furibundo contra una gran masa de población afectada por el paro, la miseria absoluta y la precariedad.

RECORTES SOCIALES

La violencia del Gobierno de Rajoy contra sus ciudadanos no tiene precedentes en democracia y no se justifica, ni mucho menos, por la situación económica. Educación, sanidad y prestaciones sociales recibieron duramente. En estos casi cinco años que dura el marianismo, son muchos los que han pagado con la vida los recortes. Se ha atacado a los trabajadores con una reforma laboral que les ha dejado a la intemperie. Se ha atornillado hasta cotas insoportables los autónomos. Se ha castigado a las pequeñas y medianas empresas y se ha favorecido a las grandes corporaciones.

El resultado es exactamente el que se quería: los ricos más ricos, los pobres más pobres, más maltratados, más vulnerables que nunca. Entre ellos toda una generación de niños que guardarán un recuerdo triste de su infancia, una infancia casi dickensiana con sabor a galletas y quesitos del banco de alimentos, la amenaza continua del desahucio o la penosa degradación que supone el paro de larga duración de sus progenitores.

Muchos de ellos se han ido, no les ha quedado otro remedio, y rehacen sus vidas e intentan creer de nuevo en el relato del arraigo en ciudad lejanas donde aún se preguntan si su paso por este país fue solo un sueño, una pesadilla.

AGRAVIOS

Muchas cosas han pasado desde el 2011, y hoy es más necesario que nunca un inventario de agravios, hacer memoria para no olvidar cada uno de los dolorosos puntos en los que quienes tenían que gestionar nuestros recursos y buscar el bien para la mayoría no han hecho más que menospreciar el sufrimiento de personas a  las que deben considerar inferiores a ellos.

Hagamos memoria hoy y votemos teniendo presente el pasado inmediato y siendo conscientes de que en otras partes el anhelo de democracia se está pagando con la vida. Después de todo, es nuestra arma más afilada, la del voto, y hoy debemos blandirla sin vacilar.

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