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Una consulta decisiva para el futuro de la UE

Síntoma británico, enfermedad europea

Carlos Carnicero Urabayen

El lenguaje xenófobo que se ha instalado en amplios sectores de la sociedad británica no desaparecerá fácilmente

Esta vez he metido el pasaporte en la maleta al venir a Londres. Probablemente exagere pero nadie sabe exactamente lo que pasará en unas horas. La ciudad está como siempre, sumergida en su ritmo trepidante. Un mosaico de caras e idiomas abarrota el metro. Un anuncio promete trabajo en 24 horas y un hombre negro con rastas da fe de ello. Hace poco más de un mes los londinenses eligieron como alcalde a un musulmán con orígenes pakistanís. Londres permanece vibrante, global y porosa. Y sin embargo algo está cambiando en el Reino Unido y el resto de Europa.

Han asesinado a una parlamentaria británica que defendía permanecer en la Unión EuropeaJo Cox, defensora de la diversidad en las sociedades y comprometida con los refugiados, sabía que esta Unión Europea no es perfecta. Pero desde dentro se puede cambiar y desde fuera su país quedará arrastrado por la gran lacra de intolerancia, extremismo y populismo que recorre el continente. Nos han matado un poco a todos los europeos que creemos en los valores que Cox defendió con la vida. Su frase "nos unen muchas más cosas que las que nos dividen" queda ahora para la historia. Evitar que las ideas que la mataron se impongan en su país y el resto de Europa será nuestro mejor homenaje.

LENGUAJE XENÓFOBO

El lenguaje xenófobo que se ha instalado en amplios sectores de la sociedad británica no desaparecerá si los británicos deciden quedarse en la UE. Si deciden marcharse sencillamente no sabemos a dónde conducirá su nuevo país apadrinado por figuras tan xenófobas como Nigel Farage, líder del UKIP, o tan populistas como Boris Johnson, el exalcalde de Londres. Sea cual sea el resultado, sellar la fractura entre quienes quieren vivir abiertos al mundo y quienes quieren replegar velas sobre sus islas tardará tiempo.

Votan los británicos pero la batalla pertenece a todos los europeos. Se queden o se marchen, el problema no habrá terminado. Hay una revolución en marcha de ciudadanos que están furiosos con las elites. Hombres y mujeres que quieren ponerse una coraza frente a una globalización que no les da las oportunidades que merecen. Rechazan a los inmigrantes por incultura o porque probablemente no les van bien las cosas. Y están tentados de dar su confianza a los Marine Le Pen que recorren la Unión Europea para que resuelvan sus problemas. Dinamita en Europa, tierra fértil para la violencia.

LA IMAGEN DE LA UE

El estudio reciente de Pew Research Center, un instituto de Washington, es demoledor. El 47% de los europeos consultados tienen una imagen no favorable de la Unión Europea, frente al 51% que tiene una imagen positiva. Un 42% es partidaria de que algunos poderes de la Unión sean devueltos a las capitales nacionales, frente al 19% que defiende dar más competencias a Bruselas. Hoy es Londres pero mañana será París, Ámsterdam o Budapest. O la Unión Europea se reinventa o se descompondrá por fascículos, paso a paso, tal y como se inventó y fue creciendo después.  

¿Quiénes somos y quiénes queremos ser? Es este un referéndum sobre la permanencia en la Unión Europea pero, al igual que los dilemas que sacuden las cabezas de millones en este continente, no se trata solo de permanecer o no en un club. ¿Queremos vivir abiertos a las sociedades vecinas y del más allá o preferimos enroscarnos en nosotros mismos? ¿Miedo frente al mundo o esperanza para vivir más conectados? Somos europeos pero no pensamos todavía en europeo. Por eso cometeríamos una estupidez si pensáramos que este es un asunto británico.  

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