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Los desafíos de las 'smart cities'

Ciudades con soberanía tecnológica

Gerardo Pisarello

La tecnología debe vincularse a la mejora de la calidad de vida de los ciudadanos más vulnerables

Uno de los grandes retos que el nuevo municipalismo tiene por delante es el de redefinir el sentido de las llamadas 'smart cities', las ciudades inteligentes. El concepto tiene diversas acepciones. Pero se refiere, sobre todo, al papel la tecnología digital en las ciudades del presente y del futuro. El tema es central. Nuestra época, en efecto, se caracteriza por la intersección de dos tendencias irrefrenables. El crecimiento de los procesos de urbanización y la veloz evolución de las tecnologías de la información y el conocimiento. Con la explosión de internet, el mundo físico en el que vivimos se está convirtiendo en un ecosistema de información y conocimiento. Bien usada, esta tecnología puede contribuir a resolver necesidades básicas de la gente. Pero  también puede generar efectos indeseables.

Hace unos días tuve la oportunidad de asistir, en Nantes, a un debate sobre la cuestión con miembros de la Comisión Europea y alcaldes de todo el continente. Allí se recordaba que en nuestras urbes hay millones de objetos detectados por sensores que se comunican entre sí y producen información esencial para elaborar políticas públicas. Eso hace posible que los servicios de transportes, de electricidad, de recogida de basura, de aparcamiento, de seguridad, de iluminación, de detección de contaminación, sean gestionados, cada vez más, a través de infraestructuras digitales que mueven datos de manera constante.

REVOLUCIÓN Y CONTROL

Esta auténtica revolución podría permitir un salto significativo en la mejora de las políticas públicas urbanas. Sin embargo, nuestra experiencia, desde Barcelona, es que no siempre es así. Muchas ciudades contratan servicios de grandes corporaciones tecnológicas sin conservar control alguno sobre lo que están pagando y sobre la forma en que estas compañías operan. A menudo, estos contratos son opacos, pocos transparentes, y no implican a la ciudadanía ni tienen en cuenta sus necesidades reales. Es más, muchos de estos gigantes tecnológicos acaban impidiendo que las pequeñas y medianas empresas o los nuevos emprendedores, puedan acceder a datos esenciales para elaborar iniciativas urbanas innovadoras o para crear empleos.

En muchos casos, esta externalización tecnológica se ha presentado como una forma de tener ciudades más 'smart'. Sin embargo, la inteligencia de una ciudad no puede medirse solo por su capacidad de colocar sensores y recolectar datos. La tecnología debe vincularse a la mejora de la calidad de vida de las vecinas y vecinos más vulnerables y al impulso de una economía colaborativa al servicio del bien común. De lo contrario, el concepto de 'smart city' corre el riesgo de legitimar a aquellas comunidades cada vez más privatizadas y cerradas, solamente al alcance de una minoría.

Lo que planteamos en Nantes es precisamente esto. Que la agenda política de las 'smart cities' no puede ser puramente tecnocrática, ni quedar prisionera en manos de unos pocos gigantes como Cisco o Microsoft o beneficiar a plataformas predatorias, desreguladas, como Uber o Airbnb, sin que estas aporten ninguna contrapartida.

EMPODERAR AL CIUDADANO

Por el contrario, en una ciudad democrática, la tecnología debería servir para empoderar digitalmente a la ciudadanía, para proteger su privacidad frente a los abusos del poder público y privado, para luchar contra la corrupción y para avanzar hacia una economía más equitativa y sostenible. Esto tiene un nombre: conquistar soberanía tecnológica, digital, para el bien común.

En Barcelona estamos orgullosos de que más de 20.000 personas hayan participado digitalmente en la discusión sobre las actuaciones municipales prioritarias para los próximos años. O de que la contratación municipal en materia de telefonía impulse el control público del Big Data. Del mismo modo, queremos que las pymes, las cooperativas y las 'starts ups' tecnológicas -muy presentes en una ciudad que alberga importantes centros de investigación- puedan ayudar a la Administración a abordar otros retos como el combate contra la pobreza energética y la contaminación o el desarrollo de un turismo o de una movilidad sostenible y de calidad.

Para que esto sea posible, necesitamos articular, ya, una red de ciudades por la soberanía tecnológica. Una red que presione a los Estados y a Europa para que legislen a favor de la apertura de datos, de los derechos digitales y de una mejor financiación de las iniciativas público-comunitarias en materia tecnológica. Europa necesita un nuevo New Deal, que debe ser verde, y también digital. Solo así podríamos tener ciudades más inteligentes, es decir, más participativas, con mayor liderazgo público, y más soberanas para poder servir al bien común.

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