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La música que suena

Josep Maria Pou

Paseo el jueves, a la caída de la tarde, por las calles empedradas del casco viejo de Santa Cruz de Tenerife. Camino y repaso, en la memoria, las palabras de Sócrates que tendré que representar aquí dentro de unas horas. Ni un alma por la calle. De pronto, la música. Busco, en los balcones abiertos, la fuente de sonido. Pero no. Esto no suena a radio, ni a vinilo, ni a mp3 bajado de la nube. Esto suena a gloria. A música caída del cielo. A vivo y en directo

El oído me guía. Soy el ratón curioso de Hamelín en busca del flautista. Y es una flauta, en efecto, la que se enfila ahora y me lleva con ella calle arriba hasta desembocar en la plaza Isla de la Madera, cerrada a los cuatro vientos. Y allí, el milagro. Lo impensable. Una orquesta en pleno concierto. Al aire libre. En combate desigual, los 35 músicos de la Banda Municipal se imponen a la treintena escasa de espectadores sentados, en silencio, a su alrededor. Sillas de tijera para ambos. Un tímido asoma la cabeza por una esquina. Otro, descarado, escucha, de pie, en solitario, midiendo, zancada a zancada, el perímetro de la plaza. Una abuela mece a un niño, al compás de tres por cuatro.

Paseo por Santa Cruz de Tenerife repasando las palábras de Sócrates y de pronto, un sonido que no suena a radio, ni a vinilo, ni a mp3, sino a gloria, a vivo y en directo

Me siento bajo un árbol de tronco inabarcable y copa desmedida. Milenario, me digo. O cinco veces centenario, por lo menos. Su sombra me cobija. Disfruto del concierto. Offenbach, Barbieri, Schubert... Disfruto de la paz, del sosiego, de la calma que necesitaba. Y vuela el pensamiento. A esta hora, me digo, habrá también en Barcelona, a 2.400 kilometros de distancia, otros conciertos: concierto de claxon impaciente a la entrada por la Diagonal, concierto de improperio exasperado en la subida lenta por Aribau, o en la bajada, más lenta todavía, de Via Laietana hacia el mar, concierto en mi mayor egoísmo, concierto en mi menor comprensión, concierto 'andante con moto'... Y siempre 'agitato', 'molto agitato', hasta llegar a 'belicoso' a la primera de cambio. Dos ciudades tan distantes, dos conciertos tan distintos. Y yo, afortunado por unos días, en la gloria de la calma isleña, en la paz del clima moderado, en el tiempo que nunca se acaba. 

Descubro, en el centro de la plaza, una cara que me suena. Es Àngel Guimerà, tallado en piedra, junto al teatro que lleva su nombre. Chicharrero de hecho y catalán por derecho, las dos ciudades lo veneran y lo tienen como suyo. Y veo que Guimerà sonríe, ajeno a todo, pendiente solo de la música que suena.

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