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MI HERMOSA LAVANDERÍA

Una tarde de un sábado cualquiera

Isabel Coixet

Salimos de casa, mi hija y yo, con la idea de cambiar una camisa absurda, que no puede sentarme peor, que me compré sin probarme en una tienda del centro de la ciudad. Nada más salir ya notamos algo raro en la calle: ni un coche, ni un autobús, ni una moto. Un poco más abajo, en la Diagonal, varios furgones de Mossos d’Esquadra cortan el paseo de Gràcia y la Diagonal. Hay gente con banderas republicanas, banderas rojas, alguna senyera, una pancarta de una asociación de jubilados. Unas 500 personas. Bajan por el paseo de Gràcia gritando consignas como “el pueblo oprimido debe luchar por su dignidad”. Es una marcha pacífica por una vida digna. Los turistas les hacen fotos durante unos segundos y luego fijan su atención en la Pedrera y los bolsos de Bottega Veneta. Una pareja de rusos nos pregunta que por qué es la manifestación y si es peligroso subir al barrio de Gràcia. Les intentamos explicar los motivos de la marcha y les decimos que hemos vivido allí toda la vida y que no, que como mucho el peligro que pueden correr en Gràcia es que caigan en un bar malo y les sirvan unas tapas mediocres. No parecen muy convencidos y dan media vuelta y les vemos meterse en un Starbucks

Las últimas movidas con el tema del “banc expropiat” han alejado a gente del barrio. Aunque supongo que dentro de unos días todo se habrá olvidado. Luego vendrá la fiesta mayor de Gràcia y volverán los grupos violentos y más furgones de policía y hostias y contenedores quemados y cristales rotos. Y gamberros de todas las nacionalidades de Europa meando en la calle, que, por lo visto, es lo primero que aconsejan algunas guías turísticas.

Mi hija y yo hablamos, sin llegar a muchas conclusiones. ¿Son tipos del barrio los que hacen esto? ¿Son gente organizada de fuera? ¿Es la policía la que responde exageradamente? ¿Es la violencia callejera una expresión de un malestar más profundo? ¿Se podrían solucionar las cosas de una manera civilizada y dentro de la ley? Con el dinero que cuesta vigilar el barrio durante días con helicópteros a tutiplén, que parecía que iba a sonar la cabalgata de las Valquirias de un momento a otro; el precio de los escaparates rotos y los contenedores, ¿no se podía alquilar durante años un local para que la gente que lo necesite se reúna en asambleas o lo que quiera? En Barcelona hay cientos de locales que languidecen cerrados, algunos del propio ayuntamiento, criando malvas. ¿Es que es imposible en esta ciudad, en este país, sentarse a hablar y buscar soluciones que no sean violentas? ¿A quién o quiénes les interesa que este ciclo siga así? Yo creo firmemente que sí es posible. Mi hija es más escéptica. Tiene 19 años y es probablemente mucho más perspicaz que yo.

Cuando llegamos a la tienda, me he dejado el tíquet de compra y no me cambian la blusa, que me parece más horrorosa a cada minuto que pasa. ¿Volvemos a casa? Volvemos. A ver qué nos encontramos, esta vez, por el camino.