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Sobre gustos hay algo escrito

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Sobre gustos hay algo escrito

LEONARD BEARD

Pienso a menudo en el gusto, en las razones que conforman el gusto personal. En cómo nuestra sensibilidad y nuestra experiencia se infiltran para condicionar la mirada. Ya son famosos quienes enfrentados a un cuadro de Miró o Picasso exclamaban eso de si esto lo puede hacer mi hijo. Este rasgo de ingenuidad, de pensar que lo sencillo es fácil, caracteriza la prepotencia de una sociedad utilitarista. Pero en la formación de una mirada hay otros componentes aún más secretos. En los colegios no se enseña a mirar, porque seguramente los padres lo considerarían un aprendizaje inútil y censurarían a los profesores. Sin embargo, la capacidad para plantarse ante la naturaleza y sencillamente mirarla apreciativamente conforma un cerebro sensible. Vivimos en un mundo cargado de opiniones despreciativas, porque son más fáciles que las apreciativas. Para apreciar algo habría que conocer en primer lugar su proceso material, luego su sentido, finalmente valorar su impronta y a largo plazo tener en cuenta el comentario social que ha adquirido. Es decir, hay demasiados elementos enriquecedores de una mirada, así que mejor optar por la patada, el escupitajo.

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Más grave aún es que la admiración se haya convertido en una deriva de la cuantificación. La gente infiere que si una obra de arte es valorada en mucho dinero tiene que ser buena. También concluye con la misma idea si una pieza es muy vendida, muy vista, muy aupada por los consensos contables. Queda entonces disimulada la incapacidad para mirar, el gran drama de estas décadas, el apreciar algo que está fuera del radar comercial o las corrientes de opinión. Hace unas semanas asistimos a una estúpida clasificación de las camisetas más feas dedicadas a disciplinas deportivas. Las redes sociales son muy dadas a estas encuestas ficticias. Algunas eran espantosas, bien es cierto, otras en cambio eran audaces y si parecían feas era solo porque denunciaban la mediocridad general. Me di cuenta de que para juzgar una camiseta antes hay que asumir que una prenda de llamativos colores que remiten a banderas y escudos engordadas con marcas comerciales y reclamos publicitarios difícilmente pueden ser bellas, luego la fealdad y lo chocante es casi más estimulante. Pasa con ciertos edificios: el entorno es tan horrible, agresivo y degradado, que la fealdad se alza como un acierto estético y perdurable.

Sucedió algo parecido con el premio de arquitectura Architizer a la controvertida restauración del castillo de Matrera, una obra de Carlos Quevedo que despertó burlas en la capital de la burla que es Cádiz, donde se alza la fortaleza de Villamartín. Es precisamente en ese enfrentamiento de miradas donde se aprecia mejor la complejidad del gusto. Sí, queda el consuelo del refranero, con eso de que para gustos los colores, pero en esa funesta sabiduría popular nacen algunas de nuestras peores decisiones. Aceptar todo gusto como solvente, cuando la realidad es que para que un gusto alcance consideración antes tiene que ser explicado y sostenido con solidez. Si no, es mera ignorancia, vocerío, prepotencia, votación en la red, esa tan española tendencia a celebrar la zoquetería por aclamación. Uno no sabe de dónde nace su gusto, pero convenimos en que sin experiencia es imposible la apreciación madurada. Por eso sería tan importante que el niño fuera invitado a mirar un árbol, la forma de una piedra, la brisa sobre los álamos, los reflejos de la ciudad en un charco o las manos de su abuelo. Quizá así comprendería mejor lo que es el gusto, separado de su rentabilidad, de su resonancia o de las corrientes de opinión mayoritarias, tan uniformes como sutilmente inducidas ante la falta de criterio propio.

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