La encrucijada catalana

De oca a oca

¿Acaso cree alguien que los defensores del 'no' a la independencia avalarán, yendo a votar, un RUI?

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LEONARD BEARD

LEONARD BEARD

Una parte del soberanismo catalán se empeña últimamente en plantear sus aspiraciones con la mentalidad de un jugador de la oca. Un cubilete, un dado y un tablero para asegurar diversión y entretenimiento un domingo por la tarde. Apto para todos los públicos a la par que inocuo. De oca a oca y tiro porque me toca y de puente a puente porque me arrastra la corriente. Tras la carga de dinamita de la CUP al proceso acordado, rechazando el debate de los presupuestos, la cara del dado lanzado sobre la mesa ha señalado el RUI, acrónimo de referéndum unilateral de independencia, como próximo destino. Ya saben, un referéndum convocado en Catalunya por el Govern o el Parlament sin acuerdo con el Estado, con carácter vinculante, respuesta binaria (independencia sí o no) y efectos prácticos desde el día siguiente a su celebración. La casilla 63, la que da la victoria, a tan solo una tirada.

Los promotores del RUI (RIV, referéndum de independencia vinculante, en palabras del presidente de la Assemblea Nacional Catalana, Jordi Sánchez) lo defienden con un doble argumento. Primero, España no accederá nunca a negociar una consulta vinculante (y tienen razón, porque el discurso de Iglesias-Colau es el «apoyaré» de Zapatero redivivo). Segundo, el independentismo en su conjunto solo se mantendrá unido si no pasa mucho tiempo antes de poder defender un  ante un referéndum, porque cualquier otro camino exacerba las tensiones entre sus diferentes sensibilidades y aumenta el riesgo de implosión soberanista (también en esto tienen razón, visto lo visto en el Parlament con los presupuestos).

SORDERA DE ESPAÑA

El primer argumento, la sordera de España -incluida la maqueada con coleta-, justificaría la decisión de dejarlo todo al albur de este nuevo planteamiento. Ahora bien, el segundo argumento para defender el RUI-RIV, la imposibilidad del soberanismo en su conjunto de mantenerse fiel a un objetivo político por encima de sus diferencias, es tramposo porque maquilla su propia inconsistencia con el colorete de la frivolidad.

Catalunya ya celebró, en forma de proceso participativo, lo más semejante a un RUI-RIV el 9 de noviembre del 2014. Votaron 2.305.000 personas, y aunque 104.000 optaron por mostrarse contrarias a la independencia, quedó claro que los partidarios de mantener a Catalunya en España no se sintieron interpelados por las urnas. Otrosí, el 9-N se hizo en un entorno jurídico que no ha cambiado, sin la colaboración de funcionarios públicos. Aun así, el presidente de entonces y tres de sus consejeros figuran como imputados en el proceso que la justicia española decidió iniciar con criterios políticos.

TOMARSE MÁS  TIEMPO

¿Qué ha cambiado desde entonces para dar por sentado que con el RUI-RIV que ahora llama a la puerta todo será diferente? ¿Acaso cree alguien que los defensores del no a la independencia avalarán, acudiendo a votar, una convocatoria unilateral del independentismo? ¿De verdad se da por sentado que esta vez los voluntarios podrán ser sustituidos por funcionarios heroicos escogidos por sorteo (y no militantes de una opción ideológica determinada) que hagan escapismo de la ley de protección de datos personales en lo que atañe al censo y den validez democrática al referéndum unilateral vinculante dando fe, pongamos por caso, de la constitución de mesas electorales y del escrutinio?

Estos dos motivos debieran bastar para tomarse un poco más de tiempo a la hora de introducir según qué movimientos en la política catalana. Pero hay más. El RUI-RIV tiene sentido en aquellas situaciones en las que la creación de un nuevo Estado ya es un sentir compartido por la práctica totalidad del cuerpo electoral. Pero no lo es cuando cada voto cuenta para determinar un resultado, y esta es la situación que vive Catalunya en estos momentos. En casos como el catalán, de resultado incierto, los pasos deben hacerse con precisión quirúrgica, y no parece que el RUI-RIV sea el bisturí más adecuado.

DEL 'RIV' AL 'RIP' HAY UNA LETRA 

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El RUI debiera ser, acaso, el último movimiento de una partida de ajedrez jugada con serenidad y aplomo. Algunos movimientos de esa partida imposible podrían haber sido la persistencia en la elaboración de listas conjuntas soberanistas en todo un ciclo electoral, la consecución de un mayor número de votos absolutos en todos los comicios, el incremento progresivo de la base social que apoya la independencia y la no renuncia a la gestión del tiempo como principal variable de todo proyecto político ambicioso. Nada de ello ha ocurrido, como de nuevo ha quedado claro ante la oferta del 26-J y los resultados que anticipan todas las encuestas.

Cierto que el ajedrez casa mal con la prisa y la impaciencia, pero también lo es que aún sigue vacante el nombre de alguien que haya pasado a la historia por ser un grande en el juego de la oca. Una chanza como epílogo: del RIV al RIP ya solo cambia una letra.