EL AMFITEATRO

Moisés sin palabra, en un desierto de tinta

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Una escena coral del primer acto de la ópera ’Moses und Aron’, de Arnold Schönberg, representada en el Teatro Real con una puesta en escena de Romeo Castellucci. / JAVIER DEL REAL / TEATRO REAL

Una escena coral del primer acto de la ópera ’Moses und Aron’, de Arnold Schönberg, representada en el Teatro Real con una puesta en escena de Romeo Castellucci.
Una imagen del segundo acto de la ópera ’Moses und Aron’, de Arnold Schönberg, representada en el Teatro Real con una puesta en escea de Romeo Castellucci.

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Sin ninguna duda, una de las grandes óperas del siglo XX es la inacabada 'Moses und Aron', de Arnold Schönberg (1874-1951). Lo es por la revolución musical que el compositor elaboraba con el dodecafonismo y que en esta partitura desarrolla plenamente. Lo es también por plantear en los convulsos años de entreguerras cuestiones que parecían de la más rabiosa actualidad de aquel momento pero que la historia no ha resuelto y que aún hoy nos persiguen. ¿Qué hay más actual que los éxodos? ¿Es la palabra capaz de expresar el pensamiento puro? ¿Razón o acción? ¿Es la forma antes que la idea?

Schönberg, nacido en Viena en una familia de origen judío, había adoptado el protestantismo aunque volvió al judaísmo en tiempos en que el monstruo del antisemitismo ya aleteaba. Encontró en la 'Biblia', concretamente en varios pasajes del libro del 'Éxodo', el vehículo para expresar sus ideas sobre el hombre y sobre el arte.

En 'Moses und Aron' el compositor explica el encargo que hace Dios a Moisés de conducir al pueblo hebreo a través del desierto, un espacio puro, apto para la reflexión. Al profeta sin embargo, la falta la palabra, un don que, por el contrario, posee su hermano Aaron. Al final, ni siquiera la palabra servirá para definir a un dios único, eterno, omnipresente, invisible e irrepresentable como constata Moisés con su imprecación "Oh, tu, palabra que me faltas", con la que Schönberg pone fin al segundo acto sin ser capaz de componer la música del tercero.

El Teatro Real, en coproducción con la Ópera de París', presenta esta ópera inacabada y poco frecuentada por su dificultad y por los numerosos efectivos necesarios, con una puesta en escena que firma Romeo Castellucci. El resultado es hipnótico, tanto musical como visualmente. Después de los dos protagonistas, el coro constituye el tercer gran personaje de la ópera y el titular del Real ofreció una interpretación brillantísima, resultado evidente de muchos meses de buen trabajo. Y lo mismo puede decirse de la orquesta dirigida en esta ocasión por Lothar Koenings.

Moisés en realidad no canta. Schönberg utiliza para este personaje el 'Sprechgesang', el canto hablado, que el bajo-barítono Albert Dohmen pronuncia con una gran fuerza expresiva que pone de manifiesto las limitaciones que tiene el personaje para cumplir su misión, especialmente en sus últimas y desesperadas palabras. Aarón, por el contrario, como dueño de las palabras, canta y canta mucho con la voz del tenor John Grahan-Hall.

Castellucci, que también firma la escenografía, el vestuario y la iluminación, ha logrado un 'Moses und Aron' en  el que conviven dos elementos antagónicos, el intimismo y la espectacularidad. El desierto del primer acto es también el desierto del lenguaje por el que van apareciendo y desapareciendo las palabras. Es un desierto nebuloso, impreciso, en el que nada está definido (unas imágenes borrosas ya dominaban otra producción suya, 'Orphée et Eurydice'). Todo son formas sin identidad a excepción de la tecnología y de los dos protagonistas. 

El segundo acto es todo lo contrario. Si en el primero hay pensamiento, en este hay acción. Castellucci busca un cierto primitivismo con un toro semental vivo en el escenario y una la muchacha desnuda. El embrutecimiento entre los hebreos que, huérfanos del dios anunciado recurren a los viejos ídolos, y el desorden que genera la ausencia de Moisés que sigue en el Sinaí se traduce en el caos del lenguaje. Litros de tinta lo emborronan todo. Este 'Moses und Aron' es una gran ópera y un gran espectáculo, uno de aquellos que marcan una temporada que es lo que seguramente ocurrirá en el Real.

LA CONEXIÓN CON BARCELONA // La composición de esta ópera merece algunas anotaciones al margen, las suficientes para decir que buena parte de la partitura fue escrita en Barcelona. Schönberg empezó a escribirla en Lugano (Suiza) en julio de 1930. Por recomendación médica e insistencia de quien había sido alumno suyo y acabó siendo amigo, el compositor Robert Gerhard, Schönberg vino a Barcelona donde permaneció unos nueve meses instalado en una casita modernista de la entonces llamada Baixada de Briz, en Vallcarca, al final de la calle Verdi, hoy bautizada con el nombre del músico vienés.

Fue en Barcelona donde nació su hija Núria y fue aquí donde compuso su última obra para piano op. 33b y buena parte del segundo acto de su 'Moses'. En la página 136 del manuscrito se puede leer: “Interrumpido en Montreaux a finales de septiembre, continuado en Barcelona a mediados de octubre”. Y al final, Schönberg escribe: "Ende des II Aktes / Barcelona / 10/III-1932". También escrito en Barcelona sobre la partitura original hay numerosas anotaciones sobre la coreografía y el movimiento escénico, anotaciones que desaparecieron en la partitura impresa.

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Barcelona fue una etapa en su viajar por Europa huyendo del nazismo antes de establecerse definitivamente en EEUU donde falleció en 1951. En una carta a Gerhard, el compositor le decía: “Imagine que desde Barcelona no he sido capaz de trabajar en Moses und Aron En realidad, poco hay que añadir a los dos actos escritos.

La ópera inacabada se estrenó en Zúrich, en 1957.

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