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La violencia de los aficionados radicales en la Eurocopa de Francia vuelve a poner en ridículo a Europa

Definitivamente, Europa no atraviesa por sus mejores momentos. Cuando a los gobiernos del Viejo Continente aún no se les ha bajado el rubor por la nefasta gestión de la crisis de los refugiados, cuando la extrema derecha sigue avanzando y a pocos días de que uno de sus socios más importantes, el Reino Unido, decida si se baja del carro de la UE, nos llegan ahora otros episodios vergonzosos desde Marsella y Niza, sedes de la Eurocopa. Parecía que, poco a poco, el fantasma del 'hooliganismo' se había logrado arrinconar, pero este fin de semana Europa ha vuelto a enseñar otra de sus peores caras: la de la violencia.

Botellas lanzadas al rostro del aficionado rival, sillazos en la cabeza y por la espalda, patadas una vez el adversario ha caído al suelo, gases lacrimógenos. Vándalos sin alma que observan (eso sí, sin dejar caer el vaso de cerveza de la mano) cómo los antidisturbios franceses intentan reanimar a un 'hooligan' inglés de 51 años que ha sufrido un paro cardiaco. El saldo ha sido desolador. Decenas de heridos, algunos de ellos en estado crítico y tres noches seguidas de disturbios.

CULTOS Y CIVILIZADOS

Los responsables policiales de Francia y los perezosos mandamases de la UEFA deberían reaccionar de inmediato y considerar, por radical que parezca, la posibilidad de retirar de la competición a las selecciones cuyas aficiones arrasan con todo. Mientras se espera esa improbable respuesta de los jerifaltes, uno no puede dejar de evocar otras imágenes que la civilizada Europa se ha empeñado en difundir a todo el mundo. Gases lacrimógenos para reprimir a los refugiados que intentaban cruzar Macedonia en busca del sueño europeo o zancadillas de una reportera desalmada a un refugiado que corría con su hija en brazos.

Las imágenes que el mundo ha visto este fin de semana procedentes de la vieja, culta, civilizada y refinada Europa deberían suponer una palanca de cambio que frene el deterioro y la presunción de los que nos hemos creído a salvo de la barbarie. Sí, todos sabemos que Europa es la cuna de la democracia, de los derechos humanos, de la cultura. Pero ya va siendo hora de que no nos creamos tan especiales. Somos tan salvajes como el que más.

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