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Dorothy Martin, un ama de casa de Chicago, anunció el fin del mundo para el amanecer del 21 de diciembre de 1954. Aquel día yo tenía 9 años y vivía con mis tías en San Sebastián. Ninguna hizo nada para mitigar el terror que sentí aquella larga noche de insomnio. Puro catastrofismo que, en versión moderna podría ser: el fin del trabajo ha llegado. Para el profesor de Harvard Justin Reich, la destrucción de empleo provocado por la robótica y las TICs será insostenible: “No estoy seguro de que vayan a desaparecer todos los trabajos, aunque es una posibilidad. La clase media se va a hundir”.

La hecatombe laboral es asumida como inevitable ante la implantación de las nuevas tecnologías y sus consecuencias en el mercado laboral. Éste es el precio a pagar por los beneficios sociales que nos aportarán. Por eso, Silicon Valley defiende la necesidad de implantar una renta básica. ¿Han asumido que la mayoría del empleo desaparecerá?

Creo que éste es un discurso con trampa. Es verdad que las nuevas tecnologías han mejorado nuestras vidas, como ocurre en medicina, donde su introducción ha ido de la mano de los profesionales, no contra ellos. Pero, junto a la mejora de su eficacia, también se dan efectos perversos como el incremento del stress laboral. Sin lugar a dudas, el convertir las 24 horas del día en tiempo de trabajo lleva asociados costes personales y sociales.

Además, los mensajeros del catastrofismo laboral parten del falso principio de que cualquier tecnología se acabará imponiendo. La verdad es que la incorporación, y sus efectos, son habitualmente lentos, y no siempre se generalizan porque hay muchos actores con poder, e intereses contrapuestos, que interactúan en el proceso. Escribía Milena Busquets que nunca compra en tiendas donde cobran las máquinas y no los dependientes. Y ésta es sólo una muestra del criterio y del creciente poder de los consumidores.

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El cataclismo laboral parte de la realidad de la cuarta revolución industrial, pero se apoya en un determinismo tecnológico interesado, que favorece a unos pocos y castiga a la gran mayoría. En 2015, el gobierno holandés publicó un estudio que apuesta por la "robótica inclusiva". Son robots que trabajan junto a los trabajadores y no contra ellos. Esto implica estrategias de colaboración entre diseñadores, fabricantes, trabajadores, usuarios y los propios gobiernos. Y sobre todo: sin dejarse arrastrar por visionarios decididos a mejorar nuestras vidas a costa del empleo.

El fin del trabajo defendido como un derecho, y apoyado en una renta básica que lo posibilite, puede ser profundamente antidemocrático. Como, por ejemplo, también podría resultar surrealista aceptar, en aras de la modernidad y el progreso, que las clases magistrales y la tiza son obsoletas frente a las supuestamente portentosas (y caras) pizarras digitales.

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