20 oct 2020

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Los adioses

Juan Villoro

Conocí al pianista y compositor Gerardo Gandini en un homenaje que la Casa de América de Madrid rindió a Ricardo Piglia. Notable lector y conversador, Gandini animó las tertulias posteriores a las mesas redondas.

Entre sus muchas anécdotas, se me grabó una sobre la gira en la que formó parte del sexteto de Astor Piazzolla. Al igual que el bandoneonista, Gandini era devoto del tango y buscaba renovarlo, pero él venía de una formación clásica. Autor de varias óperas (entre ellas 'La pasión de Buster Keaton', con libreto de Rafael Alberti), había sido profesor en la Julliard School de Nueva York y en varias universidades de Argentina. El último concierto de aquella gira se celebró en Japón. A modo de despedida, Gandini tocó un fragmento de 'Los adioses' de Beethoven. Después del concierto, Piazzolla le dijo: “¡Qué cagada te mandaste!” El pianista le explicó que se trataba de una pieza compuesta por Beethoven para decir adiós. Al oír esto, Piazzolla celebró con entusiasmo las notas que no le habían gustado. 

Cuando Gandini murió en 2013, recordé lo difícil que es decir adiós. La anécdota viene a cuento porque después de una década de colaborar con El Periódico de Catalunya llego al final de un ciclo. Durante estos años provechosos, tuve oportunidad de cubrir algunos sucesos de primera magnitud, como el repentino descubrimiento de miles de negativos de la Guerra Civil tomados por Robert Capa, Gerda Taro y David Seymour, o el brote de la epidemia de la Gripe A en México. Pero el periodismo no solo vive de exclusivas y en esta columna pude escribir sin más agenda que el paso de los días. Josep Pla se refirió a 'Lo infinitamente pequeño' para recrear las inadvertidas maravillas del Mediterráneo. Si el viento cambia de rumbo, el ánimo mejora o se estropea. Este suceso altera la vida sin ser noticia.

Me ocupé de algunos soplos de viento en la cultura y encontré aquí el mejor espacio para hacerlo.

Mis últimas líneas están guiadas por el afecto y la gratitud. Las escribo como si repasara en el teclado las notas, melancólicas pero agradecidas, que Gerardo Gandini interpretó como un modo de pronunciar la palabra más difícil: “adiós”.