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Son las seis y media de la mañana. Me despierto sin despertador. Me siento en la cama y como cada mañana busco las gafas a tientas. Me dirijo a mi despacho. Veo que hace una mañana radiante. Decido salir a escribir un rato a la montaña después de dejar a mi hija en el colegio.

Busco el parte metereológico. Dan fuertes tormentas a partir del medio día. Decido salir igualmente con un chubasquero por si acaso se adelanta la tormenta. No me da nada de miedo que me coja la tormenta, es más, no me va a coger ya que la tormenta siempre avisa, aunque a veces no queremos creerla.

Pues sí, he cumplido mis planes y he vuelto a casa sano, seco y feliz. No ha sido casual. Tampoco ha sido difícil. Tan solo he tenido que buscar algo de información que me permita completar la información que mis humildes sentidos no llegan a percibir ni procesar.

Vivimos en un mundo en el que parece que equivocarse está bien, que se justifica el error e incluso en el que se hace apología del error. Lo siento. Lo siento en el alma, pero no puedo secundar esta tendencia, ni como persona ni como psicólogo.

Millones de años de evolución nos han dotado del más potente y sofisticado órgano que nos diferencia del resto de las especies: el cerebro, el órgano que nos permite pensar. Sí, pensar, algo que parece relegado a una minoría elitista. ¡Pues no! Me niego en redondo a vivir sin pensar y navegar de error en error por mucho que se tolere y se justifique.

Hoy en día no hace falta equivocarse para aprender, para hacer grandes cosas e incluso para triunfar y tener éxito. Es más, el ensayo y error ni tan solo es un método efectivo de aprendizaje ya que si no somos capaces de analizar lo que nos ha ocurrido, asimilarlo e integrarlo en nuestro bagaje de conocimientos y estrategias y transferirlo a otras realidades similares; el error no habrá servido para nada.

Me equivoqué seis veces y a la sexta triunfé… ¿No aprendiste nada de tus errores? Es más… ¿Te has documentado? ¿Has investigado? ¿Te has parado a pensar? Nuestro proceso de pensamiento es complejo y fascinante. Somos capaces de aprender leyendo, mirando la tele o escuchando. Aprendemos por imitación y por modelaje.

Podemos crear, deducir e inducir. Podemos solucionar problemas, crear categorías, dibujar mapas conceptuales, elaborar teorías, trabajar con hipótesis de trabajo y diseñar prototipos. Podemos razonar, prever y anticipar. Podemos observar, buscar y asimilar.

Podemos hacer muchas más cosas que aprender por ensayo y error… Pero claro, la apología del error nos ampara y justifica la falta de trabajo, la mediocridad y la falta de rigor, planificación y previsión.

Esta mañana, podría haber creído que mis sentidos eran mucho más fiables que la ciencia y haber decidido salir con el Ipad a trabajar a la montaña sin chubasquero hasta pasado el mediodía, como suelo hacer habitualmente si hay una buena previsión meteorológica.

Podría haber sobrevalorado mis capacidades, ignorado sutiles señales o incluso desestimado la información que va en contra de mis deseos. Podría haber tenido un ataque de ego y contradecir las previsiones meteorológicas. Podría haber hecho cualquier temeridad, tontería o estupidez y, después de haberme mojado, haber pensado que no se podía haber evitado, que en la montaña el tiempo es impredecible o que he tenido mala suerte.

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Podemos equivocarnos, sin ningún tipo de duda, pero en muchas ocasiones, con tan solo dedicar un rato a pensar y analizar la realidad, pensando en el corto, medio y largo plazo y en el sesgo que pueden provocar las creencias basadas en el miedo, el deseo y la comodidad, con eso, solo con esta sencilla pauta, nos ahorraríamos el 90 % de los errores que cometemos.

Lo siento, pero tengo que ser explícito. Una cosa son los errores y otra cosa son las estupideces, las precipitaciones y las ‘flipadas’. Quizás el día que abandonemos la cultura de la mediocridad y de la tolerancia al error se cumplirán nuestros sueños…

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