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El norteamericano en el sofá

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El norteamericano en el sofá

LEONARD BEARD

¿Votar o no votar? Votar de nuevo; votar, pero a quién; votar por qué, para qué. Tantas preguntas. Cuando llegan las elecciones hago exactamente lo mismo que hace todo el mundo o casi todo el mundo: dudar. Cuando era joven casi siempre los domingos estaba de resaca, así que era más fácil pensar y abstenerse. Pero un día encontré la manera de enfrentarme a las elecciones, ya convertido en un tipo responsable. Fue gracias a un amigo norteamericano que vino a pasar una temporada a mi casa y que ocupaba un sofá-cama del salón. Siempre me ha molestado un poco la manía de los norteamericanos de andar descalzos por las casas ajenas y poner los pies desnudos encima de los sofás que no son suyos, pero a mi amigo le perdonaba hasta eso. Incluso su falta de higiene habitual, adquirida en sus aventuras viajeras, donde ducharse es perder un poco de la impronta que te deja cada nuevo país que visitas.

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Pero a mi amigo norteamericano tumbado en mi sofá le debo mi compromiso político de por vida. Una mañana, cuando le llevaba la bandeja con el desayuno, cosa que hacía no por cortesía y cariño, sino para conseguir que se despertara de una vez y yo poder utilizar mi salón, hablamos de política. Estaban a punto de llevarse a cabo las elecciones presidenciales en su país y no recuerdo qué candidatos se enfrentaban, pero el caso es que mi amigo me confesó que pensaba abstenerse y no votar. Me dijo que todos eran iguales, que no veía razón para votar y que actuaba así de manera habitual. A mí me pareció muy raro que un norteamericano formado no encontrara la diferencia entre George W. Bush y Al Gore. Sí, aquella era la disputa. Y me sigue chocando que hoy le parezca igual de bien Trump que Hillary. O que no encontrara distinto a Romney de Obama. Así que discutimos. Yo trataba de convencerle y él de negar mis argumentos. Mi solidez dialéctica era bastante pobre, porque en el fondo yo hacía lo mismo en España: más o menos pensaba como mi amigo, pero aplicado a mi país. Al confesarlo, mi amigo norteamericano se enfureció. ¿Cómo era posible que yo no votara en España? En una democracia tan joven, con tantos riesgos, con tantas diferencias ideológicas donde elegir. Él miraba mi país de manera bien distinta de cómo miraba el suyo.

Entonces me di cuenta de que para ir a votar uno solo tiene que pensar que es un norteamericano que está de visita en el sofá de un amigo español. Tienes que renunciar a sentirte un nacional, un tipo cabreado por bien informado, que conoce al dedillo la trayectoria de partidos y líderes, que los ha padecido en declaraciones diarias en cada noticiario. Igual que yo miraba con esa distancia las elecciones norteamericanas y encontraba diferencias enormes entre candidatos y me parecía un riesgo mundial no votar en consecuencia, así mi amigo miraba mi país y pensaba lo mismo. Llamémoslo distancia o llamémoslo pragmatismo, pero cuando llega el día de las elecciones, me quito los zapatos, pongo mis pies desnudos sobre el sofá de mi salón y miro mi país como si fuera un norteamericano de paso, cariñoso, crédulo, guarro y feliz. Y entonces pienso en qué votaría mi amigo, como pienso lo que votaría yo en noviembre en las elecciones norteamericanas si fuera él. Elijo la papeleta y salgo a votar al colegio electoral. Luego ya me deprimo por la noche.