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Dos miradas

Tras el estallido de Gràcia arde algo más que los contenedores

Detrás de las llamas que apestan a plástico y basura, de los escaparates rotos a pedradas, del asfalto sembrado de desperdicios, hay algo más que vandalismo. Es obvio que todo ejercicio de violencia debe condenarse. En nuestras calles ya hemos sufrido los abusos de algunos que buscan cobijo en el movimiento okupa y, también, de los Mossos (no nos cansemos de denunciar la mutilación impune de Ester Quintana, porque ella nunca se cansará de dolerse por su ojo perdido). Pero tras el estallido de Gràcia, arde algo más que los contenedores.

Para empezar, la evidente instrumentalización política. Los ataques a Ada Colau resultan grotescos ante la genuflexión de Xavier Trias pagando el alquiler del llamado banco expropiado. Un pago obsceno, un insulto hacia tantos expulsados de una vida digna. Tampoco dice mucho en favor de los okupas. ¿Dónde estaba su espíritu de denuncia mientras papá ayuntamiento corría con los gastos? Incluso los aguerridos concejales de la CUP que ahora se manifiestan callaron ante el soborno convergente. Pero hay más, mucho más. Otros abusos. Una desbocada presión turística que expulsa a los hijos de la ciudad. Un problema estructural de paro, especialmente juvenil, que mina las expectativas. Y la consolidación de un coto cultural que niega la entrada a todo aquel que no comulgue con el credo institucional. Hay muchos que no encuentran su lugar en Barcelona. Y el fuego solo quema oportunidades.

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