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Se calcula que la final de la Liga de Campeones europeos de fútbol (la Champions) tuvo una audiencia de 350 millones de personas en todo el mundo. Esta cantidad es más de tres veces superior a la audiencia de la Super Bowl de fútbol americano en Estados Unidos. En el estadio de Santa Clara, en California, antes de que los Broncos de Denver ganaran a los Panthers de Carolina actuaron Bruno Mars, Beyoncé y Coldplay. En el estadio de san Siro, en Milán, Alicia Keys y Andrea Bocelli cantaron antes de que el Real Madrid se llevara la copa de la Champions ante el Atleti.

En ninguno de los dos espectáculos, sin embargo, se realizó un minuto de silencio con los jugadores sobre el césped, a punto de comenzar el enfrentamiento definitivo.

Hay un montón de razones para convocar ese minuto de reflexión. La misma semana que se ha estado hablando de todos los detalles previos a la final futbolística europea, centenares de personas han muerto ahogadas en el Mediterráneo intentando llegar a la Europa que organiza este evento.

Probablemente, alguna de las personas que perdió la vida en el viaje arriesgado al otro lado del Mediterráneo llevaba puesta una camiseta del Real Madrid o de alguno de los otros equipos que participan en la Liga de Campeones.

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Habría sido todo un detalle que antes de que el balón empezara a rodar, los 350 millones de espectadores y espectadoras tuvieran un minuto de tiempo para pensar en la contradicción que suponen estas dos realidades: la fiesta deportiva y la tragedia humanitaria. Ambas con Europa de fondo.

No se trata de estropear la fiesta a nadie. Se trata de creer en una sociedad, en una Europa donde la diversión de unos no queda empañada por el sufrimiento de otros. Que, al final, la sociedad de la concordia, de la humanidad, de la solidaridad, triunfará sobre la de la competencia, el dinero y la insolidaridad. Aunque sea en la tanda de los penaltis.